SENTENCIA DE MUERTE. LAS CIFRAS QUE ESTREMECEN
Son cifras que estremecen y que demuestran que la violencia contra quienes ejercen liderazgos comunitarios sigue siendo una de las grandes tragedias nacionales.

Colombia no
puede acostumbrarse a contar muertos. Mucho menos cuando las víctimas son
hombres y mujeres que, desde sus comunidades, trabajan por la defensa de los
derechos humanos, la protección de sus territorios, la construcción de paz y la
búsqueda de mejores condiciones de vida para sus pueblos.
El reciente
informe de la Defensoría del Pueblo vuelve enciende las alarmas. Entre enero y
agosto del presente año han sido asesinados en Colombia 112 líderes sociales y defensores de derechos
humanos, mientras que
también perdieron la vida 10
firmantes del Acuerdo de Paz. Son cifras que estremecen y que demuestran que la violencia contra
quienes ejercen liderazgos comunitarios sigue siendo una de las grandes
tragedias nacionales.
Y lo más
preocupante es que no se trata de hechos aislados. Estamos frente a una
violencia persistente que, año tras año, golpea a dirigentes campesinos,
indígenas, afrodescendientes, defensores ambientales, representantes
comunitarios y personas comprometidas con la construcción de paz.
De acuerdo con
las cifras conocidas, desde la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado
colombiano y las Farc, hace exactamente diez años, han sido asesinados 1.777 líderes sociales y defensores de
derechos humanos. Una
cifra aterradora que obliga a preguntarnos qué clase de paz hemos construido si
quienes trabajan diariamente por ella terminan siendo blanco de los violentos.
Colombia no
puede permitir que convertirse en líder comunitario sea una sentencia de
muerte. Tampoco puede aceptar que defender los derechos humanos, reclamar
tierras, proteger los recursos naturales, denunciar la presencia de grupos
armados o acompañar a las comunidades implique asumir un riesgo mortal y
convierta al país en el más peligroso del mundo para este sector de la
población.
La situación
ha provocado llamados de organismos internacionales, entre ellos Naciones
Unidas, para que el Estado colombiano fortalezca las medidas de prevención y
protección dirigidas a esta población. La Defensoría del Pueblo también ha
insistido en la necesidad de adoptar acciones efectivas para evitar que
continúen los homicidios y garantizar condiciones de seguridad para quienes
ejercen liderazgos sociales.
La pregunta
que queda sobre la mesa es inevitable: ¿de qué sirve hablar de paz si en los
territorios continúan imponiéndose las armas, las amenazas y el miedo?
La respuesta
no puede limitarse a lamentar cada asesinato después de ocurrido. El Estado
debe anticiparse a la tragedia. Las alertas tempranas tienen que traducirse en
acciones concretas, presencia institucional, protección efectiva y capacidad
para enfrentar a las organizaciones armadas que pretenden controlar territorios
y someter a las comunidades.
Los 112
asesinatos registrados entre enero y agosto son 112 familias golpeadas, 112
comunidades que pierden referentes y 112 historias de vida que no pueden
reducirse a una estadística. Detrás de cada cifra hay un padre, una madre, un
hijo, un hermano, un vecino o un dirigente que decidió trabajar por su
comunidad.
A diez años de
la firma del Acuerdo de Paz, Colombia tiene una deuda enorme con sus líderes
sociales y defensores de derechos humanos. 1.777 asesinatos son demasiados para permanecer indiferentes.
La paz no
puede medirse únicamente por la existencia de un documento firmado. También
debe medirse por la posibilidad de que un campesino, un líder indígena, un
defensor ambiental o un dirigente comunitario pueda levantar su voz sin
convertirse en objetivo de los violentos.
Proteger a quienes defienden la
vida debe ser una prioridad nacional. Porque mientras sigan cayendo líderes
sociales, la paz seguirá siendo una promesa incompleta y la democracia, una
tarea pendiente en muchos territorios de Colombia.




