¿CUANTO VALES? Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen
Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen, por lo que ganan, por lo que poseen, por el éxito que alcanzan, por la influencia que tienen

Vivimos en una cultura que mide a
las personas por lo que producen, por lo que ganan, por lo que poseen, por el
éxito que alcanzan, por la influencia que tienen. Ahí aparece uno de los
errores más profundos de nuestro tiempo: Confundir el tener con el ser. La
filosofía clásica distingue con claridad ambas realidades. Podemos tener muchas
cosas: Salud, belleza, inteligencia, prestigio, riqueza. Incluso podemos tener
poder, mucho poder. Pero ninguna de esas cosas responde a la pregunta más
importante: ¿Quién eres? Porque todo eso puede desaparecer y, sin embargo, tú
permaneces.
El problema es que, cuando
confundimos el tener con el ser, inevitablemente terminamos confundiendo el
valor con la utilidad. Entonces comenzamos a pensar que quien produce más vale
más; que quien gana más vale más; que quien ya no puede trabajar vale menos.
Y, sin darnos cuenta, construimos
una sociedad donde las personas empiezan a sentirse descartables cuando dejan
de ser útiles. Tal vez por eso tantos adultos mayores sienten que se han
convertido en una carga. Quizá por eso quien pierde su empleo siente que perdió
también su dignidad. Acaso por eso una persona enferma llega a preguntarse si
todavía tiene sentido su vida.
Pero tengamos en cuenta algo que
cambia por completo nuestra manera de mirar al ser humano. El valor de una
persona nunca ha dependido de aquello que puede hacer. Depende de aquello que
es. Antes de producir, eres. Antes de tener éxito, eres. Antes de que alguien
reconociera tus capacidades, ya eras alguien. Y seguirás siéndolo cuando el
tiempo se lleve aquello que hoy consideras más valioso.
Porque la dignidad no se gana, no
se compra, no se pierde, no aumenta con los logros, ni disminuye con las
derrotas. La dignidad pertenece al ser, no al rendimiento.
Por eso quizás, la pregunta más
importante no sea cuánto tienes, ni cuánto produces, ni cuánto has conseguido.
La verdadera pregunta es otra: ¿Qué queda de ti cuando todo aquello que tienes
deja de estar ahí? Porque, si la respuesta es “nada”, entonces nunca
construiste tu vida sobre el ser. La construiste sobre aquello que podía desaparecer.
El día que naciste no habías
logrado absolutamente nada. No tenías dinero, títulos, éxito ni prestigio. Y,
sin embargo, nadie dudaba de que tu vida tenía un valor inmenso.




