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¿CUANTO VALES? Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen

Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen, por lo que ganan, por lo que poseen, por el éxito que alcanzan, por la influencia que tienen

Por Ana Lucia TumalRedacción EXTRA
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¿CUANTO VALES? Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Vivimos en una cultura que mide a las personas por lo que producen, por lo que ganan, por lo que poseen, por el éxito que alcanzan, por la influencia que tienen. Ahí aparece uno de los errores más profundos de nuestro tiempo: Confundir el tener con el ser. La filosofía clásica distingue con claridad ambas realidades. Podemos tener muchas cosas: Salud, belleza, inteligencia, prestigio, riqueza. Incluso podemos tener poder, mucho poder. Pero ninguna de esas cosas responde a la pregunta más importante: ¿Quién eres? Porque todo eso puede desaparecer y, sin embargo, tú permaneces.

 

El problema es que, cuando confundimos el tener con el ser, inevitablemente terminamos confundiendo el valor con la utilidad. Entonces comenzamos a pensar que quien produce más vale más; que quien gana más vale más; que quien ya no puede trabajar vale menos.

 

Y, sin darnos cuenta, construimos una sociedad donde las personas empiezan a sentirse descartables cuando dejan de ser útiles. Tal vez por eso tantos adultos mayores sienten que se han convertido en una carga. Quizá por eso quien pierde su empleo siente que perdió también su dignidad. Acaso por eso una persona enferma llega a preguntarse si todavía tiene sentido su vida.

 

Pero tengamos en cuenta algo que cambia por completo nuestra manera de mirar al ser humano. El valor de una persona nunca ha dependido de aquello que puede hacer. Depende de aquello que es. Antes de producir, eres. Antes de tener éxito, eres. Antes de que alguien reconociera tus capacidades, ya eras alguien. Y seguirás siéndolo cuando el tiempo se lleve aquello que hoy consideras más valioso.

 

Porque la dignidad no se gana, no se compra, no se pierde, no aumenta con los logros, ni disminuye con las derrotas. La dignidad pertenece al ser, no al rendimiento.

 

Por eso quizás, la pregunta más importante no sea cuánto tienes, ni cuánto produces, ni cuánto has conseguido. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué queda de ti cuando todo aquello que tienes deja de estar ahí? Porque, si la respuesta es “nada”, entonces nunca construiste tu vida sobre el ser. La construiste sobre aquello que podía desaparecer.

 

El día que naciste no habías logrado absolutamente nada. No tenías dinero, títulos, éxito ni prestigio. Y, sin embargo, nadie dudaba de que tu vida tenía un valor inmenso.

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