¡EL PODER ES EFIMERO Y PERTENECE AL PUEBLO!!
En las democracias, el poder no se hereda ni se posee: se recibe en préstamo. Lo entrega la ciudadanía en las urnas, por un tiempo definido y bajo una condición

En las democracias, el poder no se hereda ni se posee: se recibe en
préstamo. Lo entrega la ciudadanía en las urnas, por un tiempo definido y bajo
una condición esencial: que quien gobierna recuerde siempre que su autoridad
nace de la voluntad popular. El pueblo concede un mandato, pero también
conserva el derecho de retirarlo cuando llega la hora señalada por la ley.
Por eso el poder democrático es, por naturaleza, efímero. Tiene fecha de
inicio y fecha de vencimiento. Ningún cargo público debería confundirse con una
propiedad privada ni con una corona vitalicia. Allí radica una de sus mayores
fortalezas: la alternancia evita que el poder se pudra en manos de una sola
persona o de un solo grupo.
La historia demuestra que incluso los regímenes que parecían
inconmovibles terminan enfrentando su propio límite. Algunas dictaduras duran
años, otras décadas; algunas caen por presión ciudadana, otras por crisis internas,
derrotas económicas o rupturas dentro del círculo de poder. Pero todas
comparten una verdad incómoda: ningún poder humano es eterno. La diferencia es
que la democracia reconoce esa temporalidad y la organiza mediante elecciones,
leyes y controles; la dictadura la niega hasta que la realidad la derrumba.
El espejo latinoamericano ofrece ejemplos cercanos. Nicolás Maduro y su
esposa, Cilia Flores, su caída mostró que incluso los regímenes más cerrados
pueden resquebrajarse cuando se agotan los apoyos internos y externos. Esa
misma lección ronda hoy a Nicaragua, donde Daniel Ortega y Rosario Murillo han
convertido el poder en un proyecto familiar, concentrando instituciones,
cerrando espacios electorales y elevando a la esposa del gobernante a la condición
de copresidenta. Cuando una dictadura confunde permanencia con eternidad,
termina acumulando las grietas que anuncian su derrumbe.
En tiempos de personalismos y tentaciones autoritarias, conviene repetir
una idea sencilla: quien llega al gobierno por el voto no recibe un cheque en
blanco, sino una responsabilidad limitada. El poder pertenece al pueblo, no al
gobernante. El poder, tarde o temprano, vuelve a su verdadero dueño: la
ciudadanía. Correo. [email protected]




