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Columna de opinión: La dignidad no se negocia

Hay momentos en la vida en los que dejarlo todo no significa rendirse. Nos enseñaron que avanzar consiste en insistir, resistir y permanecer de pie.

Por Andres Julian Solorzano BarretoRedacción EXTRA
⏱ 4 min de lectura
Columna de opinión: La dignidad no se negocia
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Hay momentos en la vida en los que dejarlo todo no significa rendirse. 

Nos enseñaron que avanzar consiste en insistir, resistir y permanecer de pie, incluso cuando el camino parece cerrarse. 

Que abandonar es fracasar y retroceder representa una derrota. Crecimos escuchando que los sueños se persiguen hasta el final, que las promesas deben cumplirse y que rendirse nunca debería ser una opción. 


Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que también podemos perdernos por aferrarnos demasiado a aquello que ya cumplió su propósito.

A veces, la vida exige detenerse. Dejar un trabajo, terminar una relación, abandonar un proyecto o despedirse de una versión de nosotros mismos que ya no encuentra lugar en el presente. No siempre es sencillo reconocerlo, porque detrás de cada decisión hay recuerdos, esfuerzos, expectativas y sueños que alguna vez parecieron innegociables. También existe el miedo a decepcionar, a comenzar desde cero o a tener que explicar por qué aquello que defendimos durante tanto tiempo dejó de tener sentido. Pero permanecer por miedo a empezar de nuevo puede convertirse en una forma silenciosa de renunciar a uno mismo.

Nos cuesta aceptar que las circunstancias cambian y que nosotros también lo hacemos. Lo que ayer parecía suficiente mañana puede convertirse en una carga. Aquello por lo que luchamos con tanta ilusión puede dejar de hacernos felices. Y no necesariamente porque hayamos fracasado, sino porque aprendimos, crecimos o simplemente descubrimos que nuestros deseos tomaron otra dirección. No hay nada vergonzoso en reconocerlo. Al contrario, hace falta mucha honestidad para admitir que una decisión que alguna vez fue correcta ya no lo es.

Retroceder tampoco significa borrar lo construido. Hay caminos que necesitan recorrerse en sentido contrario para encontrar una salida distinta. Hay decisiones que parecen pasos atrás, pero terminan devolviéndonos la tranquilidad, la perspectiva y las ganas de continuar. A veces necesitamos abandonar una posición para recuperar el equilibrio, alejarnos de determinadas personas para reencontrarnos con nosotros mismos o renunciar a una meta para descubrir que existían otras posibilidades. No todo lo que dejamos representa una pérdida; algunas despedidas son necesarias para recuperar lo que habíamos olvidado en medio de la marcha.

Vivimos en una sociedad que celebra la productividad, los resultados y las historias de quienes nunca se detienen. Nos acostumbramos a medir el éxito por la velocidad con la que alcanzamos nuestras metas, por los reconocimientos que acumulamos y por la capacidad de soportar cualquier dificultad sin mostrar cansancio. Pareciera que descansar es perder el tiempo, cambiar de opinión es una debilidad y comenzar de nuevo es una vergüenza. Sin embargo, pocas veces hablamos del valor que tiene reconocer nuestros propios límites. No somos máquinas condenadas a cumplir expectativas ni estamos obligados a sostener eternamente decisiones tomadas en circunstancias diferentes.

Por supuesto, tampoco se trata de abandonar cada vez que aparece una dificultad. La perseverancia construye, enseña y fortalece. Hay batallas que merecen librarse, proyectos que necesitan paciencia y sueños que exigen sacrificios. Pero existe una diferencia entre luchar por algo que todavía tiene sentido y desgastarse intentando salvar aquello que ya nos está haciendo daño. No todas las puertas cerradas merecen que insistamos en derribarlas. Algunas simplemente nos están indicando que llegó el momento de buscar otra entrada.

Quizás una de las decisiones más difíciles sea aceptar que no siempre tenemos que demostrar algo. Que no estamos obligados a cumplir con las expectativas ajenas, a permanecer en lugares donde dejamos de sentirnos cómodos o a continuar historias únicamente porque invertimos demasiado tiempo en ellas. La vida no es una competencia en la que gana quien más aguanta. También hay dignidad en reconocer el cansancio, en cambiar de rumbo y en concederse la oportunidad de empezar otra vez.

Al final, avanzar no siempre significa llegar más lejos. A veces significa tener el valor de detenerse, mirar atrás y aceptar que ese lugar ya no es nuestro. Recoger lo aprendido, agradecer lo vivido y marcharse sin sentir que todo fue en vano. Porque los finales no siempre llegan para castigarnos y los comienzos no necesariamente necesitan grandes anuncios.

No está mal dejarlo todo cuando quedarse significa dejarse a uno mismo en el camino. Hay retrocesos que no nos alejan de la vida que queremos; simplemente nos permiten tomar distancia, recuperar el aliento y encontrar otra manera de llegar a ella.

Fuente: @soyjulisb

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