Que una ciudad esté preparada para una población que vive cada vez más años significa, en primer lugar, que esté pensada también para las personas mayores y que responda a las características de esta población.
Esto supone contar con espacios físicamente adaptados, ampliar las opciones culturales y de ocio y fortalecer la atención en salud.
Sin embargo, la preparación de una ciudad no depende únicamente de su infraestructura. También implica la manera en que la sociedad reconoce a las personas mayores.
Para Myriam Romero, docente de la Licenciatura en Filosofía de la UNIAGUSTINIANA, “es necesario dejar de verlos como una población que únicamente demanda recursos o que “estorba” y reconocerlos desde su dignidad”.
Una ciudad verdaderamente preparada debe generar condiciones para que puedan seguir participando y formando parte de la vida social.
Ciudades que promueven la autonomía y participación de las personas mayores
Las ciudades necesitan ampliar, por ejemplo, la oferta de actividades culturales y de ocio y generar espacios en los que las personas mayores puedan continuar participando activamente.
También es posible pensar en espacios laborales con características y condiciones que les permitan sentirse útiles, pero sin que esto signifique explotarlos.
De igual manera, “deben existir oportunidades para que puedan seguir aprendiendo y, al mismo tiempo, compartir y enseñar aquello que saben. Esto puede contribuir a que se sientan parte de algo, que reconozcan que siguen aportando y que continúan construyendo”, explicó Myriam Romero, docente de la Licenciatura en Filosofía de la UNIAGUSTINIANA.
Otro aspecto que requiere atención es el transporte público. Existen buses con condiciones que pueden resultar poco inclusivas, como algunos torniquetes que incluso dificultan el paso de una persona joven o normotípica.
A esto se suma la necesidad de fortalecer la atención en salud, teniendo en cuenta que los requerimientos y las formas de atención son diferentes.
Espacios y servicios urbanos para una mejor calidad de vida en la vejez
Por ello, la manera en que se diseñan los espacios públicos, el transporte, la vivienda y el acceso a los servicios tienen una relación directa con la forma en que una ciudad reconoce a quienes la habitan.
Este asunto puede analizarse desde la justicia social y, específicamente, desde la dimensión del reconocimiento.
“Cuando una ciudad adapta sus espacios y servicios teniendo en cuenta las características de diferentes poblaciones, está reconociendo sus necesidades y su lugar dentro de la sociedad”, agregó Myriam Romero, docente de la Licenciatura en Filosofía de la UNIAGUSTINIANA.
Por el contrario, si una ciudad no reconoce a una población determinada, difícilmente puede hablarse de justicia social.
Por eso, el diseño de los entornos no debe entenderse únicamente como una cuestión física, sino también como una expresión de la manera en que una sociedad reconoce a sus habitantes.
Envejecimiento, autonomía y el reto de construir ciudades más inclusivas
Cuando las infraestructuras y las políticas están pensadas principalmente para una población joven, pueden dejar por fuera las características y necesidades de otros grupos que también hacen parte de la ciudad.
Desde esta perspectiva, una ciudad que no reconoce las diferencias entre sus poblaciones termina siendo una ciudad injusta socialmente. El problema no está únicamente en la infraestructura, sino también en la ausencia de reconocimiento de quienes habitan ese territorio.
A juicio de Myriam Romero, docente de la Licenciatura en Filosofía de la UNIAGUSTINIANA, “esto también implica revisar la manera en que entendemos el envejecimiento. Envejecer no significa necesariamente depender de otras personas. La forma en que comprendemos esta etapa está relacionada con una construcción social que, como ocurre con muchas otras nociones, puede ser revisada y deconstruida. Cuestionar esa idea permite reconocer otras dimensiones del envejecimiento, entre ellas la autonomía, la experiencia y la posibilidad de continuar participando en la sociedad”.
Por ello, construir ciudades más inclusivas también supone reconocer a las personas mayores como parte activa de la sociedad y tener en cuenta sus diferencias y necesidades. La autonomía y la participación social deben hacer parte de la manera en que se piensa y se construye la ciudad.



