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LA PRUEBA QUE TAMBIÉN NOS EVALÚA A TODOS

Por motivos laborales decidí presentar este domingo la prueba Saber 11. No buscaba un puntaje ni una certificación; quería entender qué están evaluando hoy,

Por Ana Lucia TumalRedacción EXTRA
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LA PRUEBA QUE TAMBIÉN NOS EVALÚA A TODOS
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Por motivos laborales decidí presentar este domingo la prueba Saber 11. No buscaba un puntaje ni una certificación; quería entender qué están evaluando hoy, cuáles son las tendencias académicas y cómo se enfrentan los estudiantes a uno de los exámenes más importantes de su vida escolar. Lo que encontré fue mucho más preocupante que el nivel de dificultad de las preguntas.

 

Hace algunos años estas pruebas se asumían con respeto y preparación. Hoy, en muchos casos, parecieran enfrentarse con la misma indiferencia con la que algunos estudiantes asumen su proceso académico. No se trata de afirmar que el examen sea perfecto o que mida todas las capacidades de un joven, pero sí representa un ejercicio que exige análisis, comprensión y aplicación de conocimientos más allá de la memoria.

 

Uno de los momentos más reveladores fue la prueba de inglés. Colombia lleva décadas hablando de bilingüismo, se exhiben buenas calificaciones durante el año escolar, pero frente al examen muchos estudiantes respondían al azar, casi resignados a que la suerte decidiera por ellos. Es allí donde las notas dejan de ser el indicador principal y aparece la realidad de los aprendizajes.

 

Algo similar ocurrió en ciencias sociales. Varias preguntas exigían reconocer hechos de actualidad, procesos históricos o fenómenos sociales. Sin embargo, quedó la sensación de que muchos jóvenes viven desconectados de lo que ocurre en su país y en el mundo. Difícilmente puede analizarse una realidad que se desconoce.

En matemáticas la sorpresa fue aún mayor. Una pregunta presentaba una tabla con la cantidad de helados vendidos por sabor y preguntaba, simplemente, cuál había sido el más vendido. La respuesta era evidente, pero aun así muchos dudaban. No era un problema de cálculo avanzado; era de lectura, interpretación y atención.

 

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de quién es la responsabilidad? Sería cómodo señalar únicamente al sistema educativo, a los docentes o a los estudiantes. La verdad es que el problema es compartido. También intervienen las familias, el entorno, la escasa cultura del esfuerzo y una educación que, en ocasiones, parece haber renunciado a exigir.

 

Hoy normalizamos la mala ortografía, aceptamos actividades sin retroalimentación, confundimos cantidad de tareas con aprendizaje y, cada vez con más frecuencia, delegamos el pensamiento en herramientas tecnológicas e inteligencias artificiales. La tecnología debe ser un apoyo para aprender, nunca un reemplazo del esfuerzo intelectual.

 

Más que evaluar a los estudiantes, la prueba Saber termina evaluándonos como sociedad. Si continuamos creyendo que aprender es un trámite, que cualquier respuesta sirve y que el mínimo esfuerzo es suficiente, los resultados seguirán deteriorándose, sin distinguir entre educación pública o privada. La verdadera pregunta ya no es cómo les fue a los estudiantes, sino qué estamos haciendo los adultos para que cada año lleguen menos preparados a demostrar lo que realmente saben.

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