LA PRUEBA QUE TAMBIÉN NOS EVALÚA A TODOS
Por motivos laborales decidí presentar este domingo la prueba Saber 11. No buscaba un puntaje ni una certificación; quería entender qué están evaluando hoy,

Por motivos laborales decidí presentar este domingo la prueba Saber 11.
No buscaba un puntaje ni una certificación; quería entender qué están evaluando
hoy, cuáles son las tendencias académicas y cómo se enfrentan los estudiantes a
uno de los exámenes más importantes de su vida escolar. Lo que encontré fue
mucho más preocupante que el nivel de dificultad de las preguntas.
Hace algunos años estas pruebas se asumían con respeto y preparación.
Hoy, en muchos casos, parecieran enfrentarse con la misma indiferencia con la
que algunos estudiantes asumen su proceso académico. No se trata de afirmar que
el examen sea perfecto o que mida todas las capacidades de un joven, pero sí representa
un ejercicio que exige análisis, comprensión y aplicación de conocimientos más
allá de la memoria.
Uno de los momentos más reveladores fue la prueba de inglés. Colombia
lleva décadas hablando de bilingüismo, se exhiben buenas calificaciones durante
el año escolar, pero frente al examen muchos estudiantes respondían al azar,
casi resignados a que la suerte decidiera por ellos. Es allí donde las notas
dejan de ser el indicador principal y aparece la realidad de los aprendizajes.
Algo similar ocurrió en ciencias sociales. Varias preguntas exigían
reconocer hechos de actualidad, procesos históricos o fenómenos sociales. Sin
embargo, quedó la sensación de que muchos jóvenes viven desconectados de lo que
ocurre en su país y en el mundo. Difícilmente puede analizarse una realidad que
se desconoce.
En matemáticas la sorpresa fue aún mayor. Una pregunta presentaba una
tabla con la cantidad de helados vendidos por sabor y preguntaba, simplemente,
cuál había sido el más vendido. La respuesta era evidente, pero aun así muchos
dudaban. No era un problema de cálculo avanzado; era de lectura, interpretación
y atención.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de quién es la responsabilidad?
Sería cómodo señalar únicamente al sistema educativo, a los docentes o a los
estudiantes. La verdad es que el problema es compartido. También intervienen
las familias, el entorno, la escasa cultura del esfuerzo y una educación que,
en ocasiones, parece haber renunciado a exigir.
Hoy normalizamos la mala ortografía, aceptamos actividades sin
retroalimentación, confundimos cantidad de tareas con aprendizaje y, cada vez
con más frecuencia, delegamos el pensamiento en herramientas tecnológicas e
inteligencias artificiales. La tecnología debe ser un apoyo para aprender,
nunca un reemplazo del esfuerzo intelectual.
Más que evaluar a los estudiantes, la prueba Saber termina evaluándonos
como sociedad. Si continuamos creyendo que aprender es un trámite, que
cualquier respuesta sirve y que el mínimo esfuerzo es suficiente, los
resultados seguirán deteriorándose, sin distinguir entre educación pública o
privada. La verdadera pregunta ya no es cómo les fue a los estudiantes, sino
qué estamos haciendo los adultos para que cada año lleguen menos preparados a
demostrar lo que realmente saben.




