Cuando el miedo se roba la ciudad
Hay delitos que no solo dejan una víctima. Dejan una ciudad más silenciosa, una familia rota y una comunidad que empieza a acostumbrarse a vivir con miedo.

Hay delitos que
no solo dejan una víctima. Dejan una ciudad más silenciosa, una familia rota y
una comunidad que empieza a acostumbrarse a vivir con miedo. Ese es quizá el
mayor triunfo de la violencia: lograr que la sociedad normalice lo que jamás
debería parecer normal.
En Nariño, como
en muchas regiones del país, la inseguridad dejó de medirse únicamente por las
cifras. Hoy también se mide en las decisiones cotidianas de miles de
ciudadanos. Hay quienes evitan salir de noche, quienes cambian sus rutas
habituales, quienes esconden el celular antes de caminar una cuadra y quienes
sienten temor incluso al llegar a la puerta de su casa.
Cada nuevo hecho
violento despierta la misma pregunta: ¿en qué momento la vida pasó a valer
menos que un teléfono, una motocicleta o una billetera?
Más allá de los
indicadores oficiales, existe una realidad que no aparece en las estadísticas:
el daño emocional que produce vivir con la incertidumbre permanente. Los
comerciantes invierten más en rejas que en ampliar sus negocios. Los padres
esperan con angustia el regreso de sus hijos. Los jóvenes crecen entendiendo
que la prudencia ya no basta para protegerse.
Cuando una
persona pierde la vida en medio de un robo, incluso sin oponer resistencia, el
mensaje que recibe toda la sociedad es devastador. Significa que ya no basta
con entregar las pertenencias. Significa que la violencia rompió uno de los
principios más elementales de la convivencia: el respeto por la vida humana.
Frente a esta
realidad, la respuesta no puede limitarse a exigir más capturas después de cada
tragedia. La seguridad requiere presencia institucional permanente,
inteligencia contra las estructuras criminales, justicia oportuna y
oportunidades reales para los jóvenes que hoy son vulnerables al reclutamiento
por organizaciones delincuenciales.
Pero también
requiere recuperar la confianza ciudadana. Una comunidad que denuncia, que
participa y que trabaja de la mano con las autoridades fortalece la prevención.
Una comunidad que guarda silencio por miedo termina entregando espacios a
quienes hacen de la violencia su forma de imponer poder.
Pasto siempre ha
sido reconocida por su solidaridad y su capacidad para sobreponerse a las
dificultades. Esa identidad merece ser protegida. No podemos permitir que el
miedo redefina nuestra manera de vivir ni que cada crimen se convierta en una
noticia más que olvidamos al día siguiente.
La seguridad no
es únicamente una responsabilidad del Estado. Es la condición indispensable
para ejercer todos los demás derechos. Sin ella, la libertad se reduce, la
economía se frena y la esperanza comienza a desaparecer.
Porque ninguna
ciudad puede aspirar al desarrollo cuando sus ciudadanos sienten que salir de
casa puede convertirse en el mayor riesgo del día.




