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Cuando el miedo se roba la ciudad

Hay delitos que no solo dejan una víctima. Dejan una ciudad más silenciosa, una familia rota y una comunidad que empieza a acostumbrarse a vivir con miedo.

Por Ana Lucia TumalRedacción EXTRA
⏱ 3 min de lectura
Cuando el miedo se roba la ciudad
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Hay delitos que no solo dejan una víctima. Dejan una ciudad más silenciosa, una familia rota y una comunidad que empieza a acostumbrarse a vivir con miedo. Ese es quizá el mayor triunfo de la violencia: lograr que la sociedad normalice lo que jamás debería parecer normal.

En Nariño, como en muchas regiones del país, la inseguridad dejó de medirse únicamente por las cifras. Hoy también se mide en las decisiones cotidianas de miles de ciudadanos. Hay quienes evitan salir de noche, quienes cambian sus rutas habituales, quienes esconden el celular antes de caminar una cuadra y quienes sienten temor incluso al llegar a la puerta de su casa.

Cada nuevo hecho violento despierta la misma pregunta: ¿en qué momento la vida pasó a valer menos que un teléfono, una motocicleta o una billetera?

Más allá de los indicadores oficiales, existe una realidad que no aparece en las estadísticas: el daño emocional que produce vivir con la incertidumbre permanente. Los comerciantes invierten más en rejas que en ampliar sus negocios. Los padres esperan con angustia el regreso de sus hijos. Los jóvenes crecen entendiendo que la prudencia ya no basta para protegerse.

Cuando una persona pierde la vida en medio de un robo, incluso sin oponer resistencia, el mensaje que recibe toda la sociedad es devastador. Significa que ya no basta con entregar las pertenencias. Significa que la violencia rompió uno de los principios más elementales de la convivencia: el respeto por la vida humana.

Frente a esta realidad, la respuesta no puede limitarse a exigir más capturas después de cada tragedia. La seguridad requiere presencia institucional permanente, inteligencia contra las estructuras criminales, justicia oportuna y oportunidades reales para los jóvenes que hoy son vulnerables al reclutamiento por organizaciones delincuenciales.

Pero también requiere recuperar la confianza ciudadana. Una comunidad que denuncia, que participa y que trabaja de la mano con las autoridades fortalece la prevención. Una comunidad que guarda silencio por miedo termina entregando espacios a quienes hacen de la violencia su forma de imponer poder.

Pasto siempre ha sido reconocida por su solidaridad y su capacidad para sobreponerse a las dificultades. Esa identidad merece ser protegida. No podemos permitir que el miedo redefina nuestra manera de vivir ni que cada crimen se convierta en una noticia más que olvidamos al día siguiente.

La seguridad no es únicamente una responsabilidad del Estado. Es la condición indispensable para ejercer todos los demás derechos. Sin ella, la libertad se reduce, la economía se frena y la esperanza comienza a desaparecer.

Porque ninguna ciudad puede aspirar al desarrollo cuando sus ciudadanos sienten que salir de casa puede convertirse en el mayor riesgo del día.