El 6 de enero de 2025, mientras la mayoría celebraba el Día de Reyes, Juan Camilo Narváez Chacón trabajaba como domiciliario, como cualquier otro día. A bordo de su motocicleta, cumplía turnos que le permitían sostener su hogar, pagar su arriendo y apoyar a su madre. Esa tarde, recibió una solicitud desde el restaurante Chino Pekín. El destino era inusual: calle 84 con carrera 3, sin nombre de barrio.
“No lo pensé mucho. A veces nos mandaban direcciones así. Y uno, por cumplir, iba”, recordó Juan Camilo, sin imaginar que estaba a minutos de vivir el momento más aterrador de su vida.
Trampa mortal
A la 1:28 de la tarde, llegó al lugar indicado. Tocó puertas, preguntó por el pedido. Una señora le dijo que no era para ella. Llamó al número que tenía y un joven salió de entre los matorrales. Tomó la comida y se la entregó a una mujer que escapó por un barranco. Antes de reaccionar, el supuesto cliente sacó un arma y lo apuntó directamente.
“Me exigía todo: el celular, las llaves de la moto, la billetera, los documentos. Me negué. Esa moto era mi vida. Sin ella no podía trabajar ni estudiar. Era lo único que tenía”, relató.
Resistencia valiente
Juan pidió ayuda. Una vecina se refugió en su casa para llamar a la Policía. Nadie más intervino. Entonces, apareció otro hombre. Por un segundo, creyó que era alguien dispuesto a ayudarlo. Error. Era el segundo cómplice.
“Me dijo que me calmara, que confiara. Y confié. Me descuidé. Intenté subirme a la moto y en ese instante me sacaron las llaves y el celular del bolsillo. Alcancé a agarrar el buzo del tipo, recuperé las llaves… pero el otro, al verme resistir, me disparó por la espalda”, contó.
Dolor profundo
El proyectil le atravesó órganos vitales. “No sentí dolor al inicio. Solo un ardor fuerte, las piernas me temblaban, y la sangre corría. Me desplomé”.
Con la ayuda de algunos vecinos, fue trasladado a la clínica Medilaser y luego remitido a otra sede con mejores condiciones para salvarle la vida. Allí empezó su verdadero calvario: cinco cirugías, semanas en cuidados intensivos, sondas, drenes, tubos torácicos y la incertidumbre de no saber si saldría con vida.
Renacer diario
Seis meses después, Juan Camilo seguía con drenes en su abdomen. No podía consumir grasas ni azúcar. Su alimentación, su cuerpo y su rutina cambiaron por completo.
“Cada día era una pelea física y mental. Pero estaba vivo. Y eso era suficiente para seguir luchando”, relató acongojado.
Mensaje firme
Agradeció a su madre, a los médicos, a quienes oraron por él. No quiso lástima, sino conciencia. “Detrás de cada domiciliario había una historia, una familia, un sueño. Salíamos a trabajar sin saber si regresaríamos. Yo no elegí que me dispararan, pero sí elegí no rendirme. Estaba aquí, porque decidí vivir”.




