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Tráfico ilegal de fauna silvestre: el drama silencioso de las selvas colombianas

Loros, tortugas e iguanas sufren mutilaciones y maltrato extremo para abastecer el mercado negro de mascotas en las principales capitales del país.

Por Elkin Rafael Hernandez GarciaRedacción EXTRA
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Tráfico ilegal de fauna silvestre: el drama silencioso de las selvas colombianas
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Loros, tortugas e iguanas sufren mutilaciones y maltrato extremo para abastecer el mercado negro de mascotas en las principales capitales del país.

Colombia, el segundo país más megadiverso del mundo, enfrenta una guerra silenciosa dentro de sus propios ecosistemas: el tráfico ilegal de fauna silvestre. Esta actividad ilícita no solo pone en peligro de extinción a decenas de especies endémicas, sino que representa una de las formas de maltrato animal más crueles y sistemáticas del territorio nacional. De acuerdo con el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, miles de ejemplares son extraídos anualmente de sus hábitats naturales en la Amazonía, la Orinoquía y el Pacífico para ser vendidos como mascotas exóticas o piezas de colección.
El proceso de captura y transporte de estos animales es devastador. Para evitar que las autoridades los detecten en las carreteras del país, los traficantes sedan a los animales con sustancias nocivas, les cortan las alas a las aves, los amordazan o los encierran por días en cajas de cartón y tubos plásticos sin ventilación ni agua. Se estima que por cada animal silvestre que logra llegar vivo a su destino para ser comercializado en los mercados negros urbanos, al menos otros nueve mueren en el camino debido al estrés, la asfixia, las lesiones físicas y la deshidratación severa.
Las corporaciones autónomas regionales (CAR) y la Policía Ambiental realizan operativos semanales de rescate en terminales de transporte y plazas de mercado, pero los centros de atención y valoración de fauna silvestre no dan abasto para los procesos de rehabilitación. Muchos de los animales decomisados sufren secuelas psicológicas y físicas tan graves, como la pérdida de comportamientos naturales de caza o vuelo, que nunca pueden ser devueltos a la libertad y quedan condenados a vivir en cautiverio permanente. Las autoridades insisten en que la estrategia más efectiva para detener este flagelo es cortar la demanda con la premisa: "Si no hay compradores, no habrá tráfico".

Fuente: google

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