La normalización de la violencia
Existe otra violencia que muchas veces ocurre en silencio, lejos de las cámaras y detrás de las puertas de un hogar: la violencia contra las mujeres.

Colombia atraviesa un momento en el que la violencia parece haberse instalado en distintos escenarios de nuestra vida cotidiana. Está presente en los ataques contra la Fuerza Pública y la ciudadanía, en los enfrentamientos entre grupos armados, en los discursos políticos cargados de confrontación y hasta en el fútbol, donde vestir una camiseta puede costar la vida.
Pero existe otra violencia que
muchas veces ocurre en silencio, lejos de las cámaras y detrás de las puertas
de un hogar: la violencia contra las mujeres. Una problemática que sigue
cobrando vidas y que, en departamentos como Nariño, presenta cifras alarmantes.
Según la Defensoría del Pueblo,
entre el primero de enero y el 31 de julio de 2026 se reportaron 17
feminicidios en Nariño. Durante agosto se sumaron otros cuatro casos, para un
total de 21 en los primeros ocho meses del año. La gravedad de esto también se
refleja en el panorama nacional, pues Putumayo, Guaviare, Quindío y Nariño se
ubicaron entre los departamentos con las tasas más altas de feminicidio durante
los primeros siete meses de 2026.
Y la violencia contra las mujeres
no parece dar tregua. Durante septiembre y octubre se conocieron nuevos hechos
de extrema gravedad. Entre ellos, el caso de Blanca Emeria Pardo, una campesina
de 72 años, madre de seis hijos, quien fue hallada sin vida y con signos de
abuso sexual; el de Deisy Guerrero, asesinada con arma blanca en Pasto; y el de
Marjhury Ordóñez, en el municipio de El Rosario, víctima de un presunto
feminicidio.
Detrás de cada cifra hay una vida
y una historia que terminó de manera violenta. Pero también hay interrogantes
que no podemos pasar por alto: ¿qué ocurrió antes de estos hechos?, ¿hubo
amenazas, agresiones o señales de alerta que no fueron atendidas a tiempo?
¿Cuántos casos de violencia contra las mujeres permanecen ocultos y nunca
llegan a conocerse?
Por eso, más allá de las
estadísticas y de los hechos que diariamente ocupan los titulares, vale la pena
preguntarnos si como sociedad nos estamos acostumbrando a la violencia. Nos
estamos acostumbrando a despertar con noticias de asesinatos, agresiones,
amenazas y enfrentamientos, como si fueran acontecimientos inevitables de
nuestra cotidianidad. Las tragedias ocupan los titulares durante unas horas,
generan indignación y luego parecen quedar en el olvido hasta que ocurre un
nuevo hecho.
Lo preocupante es que, cuando el
dolor ajeno se vuelve habitual, corremos el riesgo de perder la capacidad de
indignarnos, de actuar y, sobre todo, de entender que ninguna forma de
violencia debe parecernos normal.



