El aburrimiento también educa y no todo silencio necesita una pantalla
Ese espacio aparentemente vacío puede ser una oportunidad para desarrollar creatividad, paciencia, autonomía y tolerancia a la frustración.
Por María Eugenia EspitiaRedacción EXTRA
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Imagen de portada · Grupo Editorial Central
Un niño aburrido no necesariamente necesita algo que lo entretenga. Ese espacio aparentemente vacío puede ser una oportunidad para desarrollar creatividad, paciencia, autonomía y tolerancia a la frustración. Sin embargo, ante el malestar que produce ver a un hijo aburrido, inquieto o frustrado, el celular se ha convertido en una de las soluciones más rápidas para mantenerlo tranquilo y ocupado.
Las dinámicas familiares han cambiado y muchos niños tienen hoy menos oportunidades para jugar libremente, compartir con otros niños o simplemente no tener nada programado. A esto se suma la disponibilidad permanente de dispositivos que ofrecen entretenimiento inmediato. Para los padres, entregar una pantalla puede parecer una forma sencilla de regular una situación incómoda, pero evitar constantemente el aburrimiento también puede impedir que los niños aprendan a manejar emociones como la frustración, la espera o la ansiedad.
“Ante el aburrimiento, la solución más fácil es darle una pantalla, el niño puede regularse de inmediato, pero eso no significa que haya aprendido a manejar la emoción que estaba experimentando. Si siempre resolvemos el aburrimiento desde afuera, le quitamos la posibilidad de descubrir por sí mismo qué puede hacer con ese tiempo”, explica Daniela Guzmán, psicóloga clínica, especialista en infancia y adolescencia adscrita a Colsanitas.
El aburrimiento, sin embargo, puede cumplir una función importante en el desarrollo. Cuando un niño no tiene una actividad estructurada o una pantalla que le indique constantemente qué hacer, debe buscar alternativas, crear juegos, imaginar escenarios y resolver problemas. También tiene la posibilidad de experimentar sus propias emociones sin recurrir inmediatamente a un estímulo externo para evitarlas.
“Cuando nos aburrimos se activa la red neuronal por defecto, relacionada con procesos como la creatividad y la generación de ideas, y también tenemos la oportunidad de practicar la paciencia, la espera y la tolerancia a la frustración. El problema aparece cuando la pantalla se convierte en la respuesta automática frente al aburrimiento, la inquietud o la espera, pues la exposición constante a contenidos con múltiples estímulos visuales y auditivos puede afectar procesos como la atención, la concentración y la flexibilidad cognitiva”, agregó Guzmán.
El objetivo, sin embargo, no es convertir la tecnología en un enemigo, el reto está en evitar que se convierta en la principal herramienta para regular las emociones y establecer límites que permitan que tenga un lugar adecuado dentro de la rutina familiar, para esto, los padres de familia pueden poner en práctica algunas reglas para que el celular no termine regulando las emociones:
1. Definir horarios y momentos de uso, evitando que el dispositivo esté disponible permanentemente.
2. Regular los contenidos de acuerdo con la edad y utilizar controles parentales para acompañar la experiencia digital.
3. Establecer espacios libres de pantallas, especialmente antes de dormir. El celular tampoco debería permanecer en la habitación durante las horas de sueño.
4. Acompañar el uso del dispositivo con reglas claras. En adolescentes, los padres deben conocer las aplicaciones que utilizan, conversar sobre los riesgos de internet y establecer acuerdos sobre videojuegos, redes sociales y contactos.
5. No entregar el celular como respuesta automática al aburrimiento. Antes de hacerlo, permitir que el niño tenga un tiempo para descubrir qué puede hacer por sí mismo.
Para los padres, uno de los mayores retos está precisamente en tolerar el malestar que genera ver a sus hijos aburridos o frustrados. “Lo más importante es que los papás no resuelvan el aburrimiento de inmediato. Darles tiempo para que experimenten esa sensación y busquen qué hacer es también una forma de desarrollar resiliencia emocional”, concluyó Guzmán.
Anticipar los momentos en los que los niños tendrán que esperar también puede ayudar, un viaje largo, una consulta médica o una espera pueden convertirse en espacios para conversar, leer, dibujar o jugar. Tener a la mano libros, juguetes y otras alternativas permite acompañar el momento sin recurrir necesariamente a una pantalla. El aburrimiento no es necesariamente un vacío que los adultos deban llenar. Puede ser precisamente el espacio en el que un niño descubre qué le interesa, aprende a esperar y desarrolla herramientas para manejar emociones que, aunque incómodas, también hacen parte de la vida.