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CUANDO LA RAZÓN SE RINDE ANTE LA IDEOLOGÍA

Muchas personas parecen haber renunciado a su capacidad de pensar, analizar y cuestionar, para convertirse en defensoras incondicionales de personajes

Por Ana Lucia TumalRedacción EXTRA
⏱ 2 min de lectura
CUANDO LA RAZÓN SE RINDE ANTE LA IDEOLOGÍA
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Con profunda preocupación observamos que en nuestro país la polarización ha alcanzado niveles preocupantes. Muchas personas parecen haber renunciado a su capacidad de pensar, analizar y cuestionar, para convertirse en defensoras incondicionales de políticos, personajes públicos e ideologías cuyas verdaderas intenciones, antecedentes y fundamentos ni siquiera conocen.

 

Se observa con inquietud cómo algunos ciudadanos defienden a capa y espada a dirigentes que jamás han conocido personalmente, que desconocen sus trayectorias y cuyo pasado, en ocasiones, está rodeado de cuestionamientos, escándalos y actuaciones poco ejemplares.

 

Lo más lamentable es que esta actitud ha convertido las redes sociales y los espacios de opinión en verdaderos campos de batalla. Ya no se discuten ideas, propuestas ni argumentos; se ataca a las personas. Quienes piensan diferente son señalados, ridiculizados, estigmatizados y agredidos verbalmente. Se utilizan expresiones vulgares, insultos y un lenguaje grotesco de quienes creen que ofender es una manera de tener la razón.

 

Es necesario entender que ningún político merece una adhesión incondicional. Defender a un personaje o una ideología no significa justificar sus errores, encubrir sus escándalos o aplaudir todas sus decisiones. Por el contrario, una verdadera convicción democrática exige capacidad para reconocer los aciertos, denunciar los errores y cuestionar aquello que perjudica al país.

 

La democracia no necesita fanáticos que aplaudan ciegamente; necesita ciudadanos que piensen libremente. Porque un país no se construye insultando al que piensa diferente, ni convirtiendo a los políticos en ídolos intocables. Se construye con argumentos, respeto, honestidad y responsabilidad.

 

El verdadero ciudadano no es aquel que aplaude todo lo que hace su líder, sino quien tiene la valentía de reconocer sus equivocaciones, exigirle resultados y cuestionarlo cuando sea necesario. Pensar diferente no nos convierte en enemigos, y defender nuestras ideas no nos autoriza a pisotear a los demás.

 

Colombia necesita menos fanatismo y más criterio; menos insultos y más educación; menos obediencia ciega y más conciencia ciudadana. Al fin y al cabo, los políticos pasan, los gobiernos cambian, pero los ciudadanos seguimos aquí, compartiendo una misma patria que merece mucho más que una sociedad enfrentada por defender a quienes, muchas veces, ni siquiera se conoce.

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