CUANDO LA RAZÓN SE RINDE ANTE LA IDEOLOGÍA
Muchas personas parecen haber renunciado a su capacidad de pensar, analizar y cuestionar, para convertirse en defensoras incondicionales de personajes

Con profunda preocupación observamos que en nuestro país la polarización ha alcanzado niveles preocupantes. Muchas personas parecen haber renunciado a su capacidad de pensar, analizar y cuestionar, para convertirse en defensoras incondicionales de políticos, personajes públicos e ideologías cuyas verdaderas intenciones, antecedentes y fundamentos ni siquiera conocen.
Se observa con inquietud cómo
algunos ciudadanos defienden a capa y espada a dirigentes que jamás han
conocido personalmente, que desconocen sus trayectorias y cuyo pasado, en
ocasiones, está rodeado de cuestionamientos, escándalos y actuaciones poco
ejemplares.
Lo más lamentable es que esta
actitud ha convertido las redes sociales y los espacios de opinión en verdaderos
campos de batalla. Ya no se discuten ideas, propuestas ni argumentos; se ataca
a las personas. Quienes piensan diferente son señalados, ridiculizados,
estigmatizados y agredidos verbalmente. Se utilizan expresiones vulgares,
insultos y un lenguaje grotesco de quienes creen que ofender es una manera de
tener la razón.
Es necesario entender que ningún
político merece una adhesión incondicional. Defender a un personaje o una
ideología no significa justificar sus errores, encubrir sus escándalos o aplaudir
todas sus decisiones. Por el contrario, una verdadera convicción democrática
exige capacidad para reconocer los aciertos, denunciar los errores y cuestionar
aquello que perjudica al país.
La democracia no necesita fanáticos
que aplaudan ciegamente; necesita ciudadanos que piensen libremente. Porque un
país no se construye insultando al que piensa diferente, ni convirtiendo a los
políticos en ídolos intocables. Se construye con argumentos, respeto,
honestidad y responsabilidad.
El verdadero ciudadano no es aquel
que aplaude todo lo que hace su líder, sino quien tiene la valentía de
reconocer sus equivocaciones, exigirle resultados y cuestionarlo cuando sea
necesario. Pensar diferente no nos convierte en enemigos, y defender nuestras
ideas no nos autoriza a pisotear a los demás.
Colombia necesita menos fanatismo y
más criterio; menos insultos y más educación; menos obediencia ciega y más
conciencia ciudadana. Al fin y al cabo, los políticos pasan, los gobiernos
cambian, pero los ciudadanos seguimos aquí, compartiendo una misma patria que
merece mucho más que una sociedad enfrentada por defender a quienes, muchas
veces, ni siquiera se conoce.




