La elección de la Presidencia del Senado dejó la primera lección de gobernabilidad para Abelardo de la Espriella
La política suele enviar sus mensajes más contundentes antes de que un gobierno empiece a ejercer el poder. Eso ocurrió el pasado 20 de julio durante la instalación del nuevo Congreso de la República. Mientras el país conmemoraba el Día de la Independencia y escuchaba el último discurso del presidente Gustavo Petro, en el Capitolio se desarrollaba el primer pulso institucional que enfrentará el presidente electo Abelardo de la Espriella.
La elección del senador Honorio Henríquez, del Centro Democrático, como presidente del Senado, derrotando al candidato respaldado por el gobierno entrante, no fue un simple trámite protocolario. Fue una demostración de que el Congreso colombiano conserva capacidad para actuar con autonomía y de que las mayorías legislativas no se heredan con el triunfo presidencial. La gobernabilidad deberá construirse voto a voto.
La escena dejó una de las mayores ironías de la política reciente. El Pacto Histórico, que durante cuatro años edificó buena parte de su identidad política en oposición al uribismo, terminó respaldando al candidato del Centro Democrático. La imagen recorrió el país y dio origen a una frase que rápidamente dominó el debate público: «El cucho tenía razón», en alusión a Álvaro Uribe y a sus reiteradas advertencias sobre el lugar que debía ocupar su partido dentro de la coalición vencedora.
Sin embargo, interpretar el episodio únicamente como un triunfo del uribismo sería una lectura superficial. Lo ocurrido evidencia que, en el Congreso, la realpolitik pesa más que los discursos. El petrismo encontró más conveniente respaldar una presidencia legislativa independiente que permitir la consolidación de un bloque completamente alineado con el nuevo Ejecutivo. La política volvió a demostrar que las alianzas parlamentarias se construyen alrededor del equilibrio del poder y no necesariamente de las afinidades ideológicas.
El acuerdo, además, parece ir más allá de la elección de la Mesa Directiva. En los pasillos del Capitolio comenzó a plantearse una pregunta que merece seguimiento: ¿hizo parte de la negociación una mayor representación del Pacto Histórico en la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara? Hasta el momento no existe una confirmación oficial que permita afirmarlo. No obstante, el solo interrogante revela la importancia estratégica de esa comisión, encargada de investigar a los altos dignatarios del Estado, incluido el Presidente de la República. Si esa hipótesis llegara a confirmarse, el intercambio político habría sido mucho más profundo que una simple votación por la Presidencia del Senado.
Ahora bien, tampoco sería prudente convertir este episodio en un juicio anticipado sobre el gobierno de Abelardo de la Espriella. Su administración ni siquiera ha comenzado y todo presidente enfrenta una curva de aprendizaje en la construcción de mayorías. Más que una derrota definitiva, este primer revés puede entenderse como una advertencia sobre la necesidad de privilegiar el diálogo político por encima de la confianza en respaldos electorales o aparentes padrinazgos.
La principal lección de la jornada es institucional. En una democracia, ganar la Presidencia no significa controlar automáticamente el Congreso. El Legislativo recordó que también representa un poder independiente y que las reformas deberán edificarse mediante acuerdos, negociación y respeto por la pluralidad. Quizá ese sea el verdadero mensaje que dejó el 20 de julio: en Colombia no existen cheques en blanco para gobernar. Y esa, más que una derrota para alguien, constituye una buena noticia para la democracia.




