Un nuevo orificio en el cráneo

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En El Cerrito, bajo las sábanas, apareció un nuevo cuerpo. Un hombre que la comunidad conocía únicamente por el apodo de ‘El Calvo’. No se conoce mucho de él, lo que se sabe es que ahora se suma a la lista de muertos del municipio, con un nuevo orificio en el cráneo que lo convierte en otro registro de violencia en la región vallecaucana.

El suceso parece ya un clásico moderno en estas calles: un hombre caminando, detenido por la rutina, cuando de repente lo interceptan dos sujetos en moto. Los cascos oscuros bajados hasta cubrir el rostro, la placa parcialmente oculta, y en sus manos dos armas de 9 milímetros que apuntan sin titubeo. Lo que sigue es un estallido seco, un golpe de pólvora que corta el aire y deja a los testigos paralizados. Solo alcanzan a ver la moto en fuga, una mota que se pierde en la distancia, y un cuerpo tendido en el pavimento, inerte, rojo y frío.

Las autoridades llegaron rápido, desplegando sus acordonamientos amarillos, esas cintas que se bañan con las luces intermitentes de las sirenas y el flash de las cámaras. Se cumple el protocolo: toma de muestras, fotografías, levantamiento de objetos, revisión de cámaras de seguridad, preguntas a los testigos. Luego, el retiro del cuerpo por Medicina Legal, las patrullas se disipan. El comunicado oficial anuncia lo de siempre: se abre una investigación.

La comunidad, por su parte, solo rechaza el hecho por lo violento y cruento. El disparo que atravesó el cráneo no fue el único. El costado izquierdo, por el costillar, y el abdomen también recibieron impactos de bala, multiplicando la brutalidad del acto. Por eso la alerta, por eso el desdén. Pero nada más. Nadie dice nada del hombre, nadie ofrece condolencias, nadie se pronuncia sobre su vida. La familia guarda silencio, no ha salido a hablar, no ha mostrado duelo ni protesta.

En redes sociales, lo único que circula es el apodo. “Ese es El Calvo”, repiten con banalidad, como si el mote fuera suficiente para explicar su existencia y su final. No hay más memoria, no hay más relato. Solo queda la imagen de un cuerpo abatido en la calle, otro episodio que se suma a la violencia repetida, otro registro que se acumula en la estadística invisible de un municipio que parece acostumbrarse a la muerte.

El Cerrito lo despide sin nombre, sin historia, sin voz. Solo con el eco de los disparos y el silencio posterior.


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