Columna de Opinión
Vivimos a mil por hora, y no solo por el tráfico: Hablo de ese “corre-corre” mental en la que nos metió el celular: si algo no nos atrapa en tres segundos, ¡pum!, lo deslizamos sin mente. Nos volvimos esclavos de la gratificación instantánea y estamos perdiendo la paciencia para lo que de verdad importa.
El problema es que la vida no funciona con un algoritmo, ya que los retos que tenemos hoy —desde la empatía hasta entender qué pasa en nuestra sociedad— no se solucionan con un “like” ni se explican en un video de quince segundos. Al querer todo resumido y masticado, nos estamos volviendo peligrosamente superficiales.
Lo que más me talla es que ya nos da mamera profundizar; si un argumento tiene más de tres párrafos, lo cerramos… pero ojo: la verdad completa no cabe en un titular escandaloso. Cuando dejamos de leer y de escuchar al otro hasta el final, nos meten los dedos en la boca con cualquier noticia falsa por pura pereza mental.
Recuperar nuestra atención hoy es un acto de rebeldía y más, en las épocas electorales en las que nos encontramos. No se trata de botar el celular, sino de no dejar que nos maneje la vida; hay que bajarle a la intensidad, sentarse a echar tinto sin el teléfono en la mesa y valorar la calidad sobre la cantidad de información que día a día recibimos.


