Columna de Opinión
La decisión del Consejo de Estado de Colombia de suspender el decreto del aumento del salario mínimo dejó a muchos con más preguntas que respuestas. El incremento que había firmado el presidente Gustavo Petro prometía aliviar el bolsillo de millones de trabajadores, pero ahora queda en el aire mientras se revisan los argumentos técnicos.
Más allá de la pelea jurídica, lo que preocupa es el impacto real en ciudades como Ibagué, donde el desempleo sigue siendo de los más altos del país. Aquí no estamos hablando solo de cifras, sino de familias que dependen de un ingreso mínimo para sobrevivir.
Un aumento puede significar un respiro para quienes tienen empleo, pero también genera temor en pequeños empresarios que apenas logran sostener su nómina. En una ciudad golpeada por la falta de oportunidades, cualquier decisión mal calculada puede empeorar la situación.
Al final, lo que necesitamos no es solo subir el salario, sino garantizar más empleo formal y estabilidad económica; de nada sirve un mejor sueldo en el papel, si cada vez hay menos personas que puedan acceder a él.


