Cada diciembre, Popayán enciende sus luminarias para recordarnos que la Navidad es un tiempo de encuentro, tradición y esperanza. Sin embargo, bajo ese resplandor festivo se esconde una realidad que ya dejó de ser rumor para convertirse en patrón anual: el incremento de la inseguridad. Lo que debería ser una temporada de tranquilidad se transforma, para muchos ciudadanos y comerciantes, en un periodo de alerta permanente.
En los últimos días, el comercio formal ha denunciado un aumento sostenido de robos a locales, atracos a empleados y asaltos en zonas de alto flujo. No es casualidad: la temporada navideña trae más movimiento de dinero, más visitantes y más jornadas de compra, lo que se convierte en un incentivo para quienes ven la delincuencia como una oportunidad. Hablar del tema no es estigmatizar la ciudad; es reconocer que la sensación de inseguridad ya afecta decisiones simples como caminar de noche, hacer compras en el centro histórico o permanecer en ciertos sectores después de las 6 p.m.
La respuesta institucional, aunque visible en algunos operativos, sigue siendo insuficiente frente a la dimensión del problema. Los patrullajes son intermitentes, los controles se concentran en pocos puntos y las cámaras de vigilancia parecen más decorativas que efectivas. Mientras tanto, los comerciantes invierten en rejas, cámaras privadas y vigilantes, como si la seguridad fuera un lujo y no un derecho básico.
Más preocupante aún es la naturalización del miedo. Los ciudadanos han empezado a asumir que “así es diciembre”, como si la violencia fuera un componente más de la temporada, al mismo nivel que las novenas o los alumbrados. Y no lo es. La inseguridad no es un fenómeno inevitable: es consecuencia de fallas estructurales, de una ausencia real de inteligencia policial, de una débil articulación entre autoridades y barrios, y de una prevención que se reduce a mensajes de “cuide sus pertenencias”.
Popayán merece una Navidad sin sobresaltos. Una ciudad que se enorgullece de su tradición cultural no puede seguir encendiendo luces mientras apaga la confianza ciudadana. La seguridad no debería ser un deseo de fin de año, sino una obligación permanente.


