UNA DÉCADA DE PAZ AGRIDULCE EN COLOMBIA
La paz que se soñó no ha llegado plenamente a todos los rincones del territorio nacional.

Se
cumplen diez años de uno de los acontecimientos más trascendentales de la
historia reciente de Colombia: la firma del Acuerdo Final de Paz entre el
Gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia, FARC-EP, el 26 de septiembre de 2016, la cual se
ratificó el 24 de noviembre.
Después de más de medio siglo de confrontación
armada, el país recibió aquel acontecimiento con la esperanza de que finalmente
comenzara una nueva etapa, marcada por la reconciliación, la desmovilización,
el desarme y la transformación de los territorios más golpeados por la guerra.
Fue, sin
duda, un hecho histórico. Las Farc dejaron las armas como organización
insurgente y se abrió el camino para que miles de sus integrantes abandonaran
la clandestinidad y emprendieran un proceso de reincorporación a la vida civil.
El acuerdo también creó instrumentos de justicia transicional, reparación a las
víctimas y transformación territorial.
La paz
que se soñó no ha llegado plenamente a todos los rincones del territorio
nacional. Es una paz agridulce, porque mientras una guerrilla dejó las armas,
en diferentes regiones surgieron o se fortalecieron disidencias de las antiguas
Farc y otras organizaciones armadas que comenzaron a disputar los espacios que
quedaron tras la salida de aquella organización.
La
Defensoría del Pueblo ha advertido que el conflicto armado persiste en amplias
zonas del país y que algunos grupos ilegales se han expandido hacia nuevos
territorios, favorecidos por economías ilícitas como el narcotráfico y la
minería ilegal, así como por dificultades del Estado para ejercer un control
territorial efectivo.
Las
alertas tempranas de 2026 muestran, además, que las dinámicas armadas siguen
siendo complejas. En Huila, por ejemplo, la Defensoría alertó sobre el
fortalecimiento territorial de estructuras vinculadas al Estado Mayor Central;
en Cauca se ha advertido sobre la presencia y actividad de disidencias y del Eln,
lo mimo que en el departamento de Nariño.
Y las
cifras de violencia recuerdan que el problema está lejos de ser asunto del
pasado. Entre enero y mayo de 2026, la Defensoría registró 67 asesinatos de
líderes, lideresas y defensores de derechos humanos, además de 58 masacres con
238 víctimas.
Esto no
significa desconocer los avances derivados del Acuerdo de 2016. Sería injusto y
equivocado hacerlo. La dejación de armas de las Farc representó una disminución
de una de las principales confrontaciones armadas que durante décadas desangró
a Colombia. También permitió que numerosas víctimas encontraran escenarios para
reclamar verdad, justicia y reparación.
El
problema es que la paz no podía limitarse a conseguir que una organización
dejara las armas. La paz necesitaba llegar con el Estado, con oportunidades
económicas, educación, vías, salud, seguridad, sustitución de economías
ilegales y presencia institucional permanente.
Diez años
después, Colombia no puede conformarse con haber firmado la paz. Tiene que
preguntarse por qué en tantos territorios los fusiles cambiaron de manos, por qué
las economías ilegales continúan financiando estructuras armadas y por qué
campesinos, indígenas, comunidades afrodescendientes, líderes sociales y
habitantes de zonas rurales siguen viviendo bajo amenazas y presiones.
El
desafío es todavía mayor porque la violencia ya no responde a un solo actor
armado. El mapa del conflicto se fragmentó y aparecieron nuevas disputas por
territorios, rutas del narcotráfico y otras rentas ilegales. La historia
demuestra que firmar un acuerdo es apenas el comienzo. Construir la paz es una
tarea mucho más larga y difícil.
Diez años
después, Colombia sigue buscando esa paz estable y duradera que prometió el
acuerdo. El reto continúa siendo enorme: que los territorios que alguna vez
fueron escenario de la guerra no vuelvan a quedar en manos de quienes pretenden
imponer su ley mediante las armas.




