Nariño no puede quedarse en los mensajes verdes: el cambio climático exige decisiones
Ahorrar agua y energía es necesario, pero la respuesta ambiental del departamento debe ir más allá de las recomendaciones domésticas.

La protección de los páramos, la planificación territorial y la prevención del riesgo tienen que traducirse en resultados comprobables.

Nariño suele reconocerse por la riqueza de sus montañas, sus lagunas, sus ríos y sus paisajes de alta montaña. Esa identidad natural es parte de su patrimonio, pero también representa una responsabilidad: proteger los ecosistemas de los que dependen el agua, la biodiversidad y buena parte de la vida rural.
El cambio climático obliga a mirar ese patrimonio con otros ojos. Ya no basta con admirar el paisaje. Hay que preguntarse qué tan preparados están los municipios para afrontar las alteraciones del clima, cómo se están protegiendo las fuentes abastecedoras y qué medidas se han adoptado para reducir la vulnerabilidad de las comunidades.
La ciencia internacional es clara. El IPCC ha concluido que la influencia humana ha calentado el planeta y que ese calentamiento afecta los extremos climáticos. Sin embargo, atribuir un episodio particular de sequía, inundación o lluvia intensa al cambio climático requiere análisis específicos. La variabilidad natural del clima también influye.
Esta distinción importa para Nariño: el diagnóstico debe construirse con registros meteorológicos, información hidrológica y evaluaciones territoriales, no solamente con percepciones o mensajes institucionales.
Los páramos no son un paisaje decorativo
Los ecosistemas de páramo desempeñan un papel estratégico en la regulación del agua. El Ministerio de Ambiente reconoce su importancia para el abastecimiento humano y para distintas actividades económicas.
Nariño cuenta con complejos de páramos como La Cocha-Patascoy, Chiles-Cumbal, Doña Juana-Chimayoy y Cerro Plateado. Su protección debe entenderse como una medida de seguridad hídrica, además de una obligación de conservación de la biodiversidad.
Cuando se deteriora la vegetación de alta montaña, se transforman los suelos o se afectan las dinámicas naturales de las cuencas, pueden alterarse procesos esenciales para la regulación hídrica. La magnitud de esos efectos depende de las condiciones de cada ecosistema, por lo que se requieren estudios y seguimiento técnico.
La pregunta de fondo es si la conservación está acompañada de recursos, restauración ecológica, vigilancia, participación comunitaria y control efectivo de las presiones ambientales.
El Niño añade presión a un problema de largo plazo
El 8 de octubre de 2026, el IDEAM confirmó oficialmente la presencia del fenómeno de El Niño en Colombia y advirtió sobre la probabilidad de que sus condiciones se mantengan con intensidad fuerte a muy fuerte durante los meses siguientes.
El Niño es un fenómeno de variabilidad climática natural asociado al calentamiento anómalo del Pacífico ecuatorial. No es sinónimo de cambio climático, aunque sus efectos pueden coincidir con los de un planeta que se está calentando.
Sus consecuencias no son iguales en todas las regiones. Por eso, las decisiones para Nariño deben apoyarse en los pronósticos y las alertas específicas del departamento y de sus municipios, especialmente en lo relacionado con disponibilidad de agua, temperaturas, incendios forestales y condiciones de las cuencas.
La advertencia exige preparación. Los sistemas de acueducto, los productores agropecuarios, las autoridades ambientales y los organismos de gestión del riesgo necesitan información oportuna y planes de respuesta que puedan ponerse en práctica.
La responsabilidad no termina en el hogar
Ahorrar agua, utilizar responsablemente la electricidad, separar los residuos y reducir desplazamientos contaminantes son conductas valiosas. Pero sería insuficiente presentar la crisis climática como un asunto que se resuelve exclusivamente con decisiones individuales.
También se necesitan políticas públicas consistentes, gestión integral de los residuos, protección de las fuentes hídricas, ordenamiento territorial basado en información ambiental y mecanismos de adaptación para las comunidades más expuestas.
Las autoridades ambientales y las administraciones municipales deberían poder mostrar resultados concretos: qué áreas se han restaurado, qué fuentes abastecedoras están bajo seguimiento, cuáles son las medidas para enfrentar periodos de déficit hídrico, qué recursos se han destinado a la adaptación y cómo se evalúa la efectividad de esas inversiones.
Estas son preguntas periodísticas pertinentes. Para responderlas con rigor es necesario contrastar los planes institucionales con presupuestos, indicadores, informes de ejecución y testimonios de las comunidades. Sin esos documentos no sería responsable afirmar que una entidad incumple o que una medida ha sido exitosa.
Del discurso ambiental a la política territorial
La discusión sobre el cambio climático debe salir de las campañas ocasionales y ocupar un lugar permanente en las decisiones de desarrollo de Nariño.
El departamento necesita articular la conservación de sus ecosistemas con la seguridad hídrica, la producción agropecuaria, la gestión del riesgo y la planificación de sus municipios. También requiere fortalecer el monitoreo para distinguir las tendencias de largo plazo de los episodios meteorológicos puntuales.
La naturaleza no puede defenderse solamente con consignas. Se necesitan decisiones sostenidas, financiación, controles y resultados que la ciudadanía pueda verificar.
En Nariño, proteger los páramos y las fuentes de agua es defender una condición básica para la vida y el desarrollo regional. La pregunta ya no es únicamente qué puede hacer cada ciudadano, sino qué está haciendo el territorio, en su conjunto, para prepararse ante un clima que cambia.
Fuente: IDEAM / CEDENAR




