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MONSTRUOS QUE AMENAZAN EL HOGAR

El primero es la pelea constante. No hablamos de las diferencias naturales que existen en toda familia, sino de la necesidad de tener siempre la razón.

Por Ana Lucia TumalRedacción EXTRA
⏱ 3 min de lectura
MONSTRUOS QUE AMENAZAN EL HOGAR
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Algunas veces aprovechamos determinados días para ordenar armarios, limpiar habitaciones y deshacernos de aquello que ya no sirve. Pero quizá la limpieza más importante no sea la de la casa, sino la del corazón. Sin darnos cuenta, hay “monstruos” que se instalan poco a poco en el  hogar y terminan robándonos la paz, la alegría y la unidad  familiar.

 

El primero es la pelea constante. No hablamos de las diferencias naturales que existen en toda familia, sino de la necesidad de tener siempre la razón, de responder con orgullo o de convertir cualquier desacuerdo en una batalla. La humildad, en cambio, nos permite escuchar, reconocer nuestros errores y descubrir las virtudes del otro. La familia crece cuando todos aprenden a reconciliarse.

 

El segundo monstruo es el enojo que se acumula. Todos experimentamos frustración o rabia, pero el problema comienza cuando dejamos que esas emociones permanezcan durante muchos días. Entonces aparecen el resentimiento, la indiferencia y la distancia afectiva. El perdón no borra lo ocurrido, pero impide que el dolor siga gobernando nuestras relaciones. Perdonar es una decisión que libera tanto al que perdona como al que es perdonado.

 

El tercero son las palabras que hieren. Una frase dicha con desprecio puede dejar una marca más profunda que cualquier golpe. Los insultos, las burlas, los gritos o la humillación van desgastando lentamente el corazón de quienes más amamos. En cambio, una palabra de ánimo, un “gracias”, un “perdóname” o un “te quiero” tienen el poder de reconstruir vínculos y devolver esperanza. Las palabras pueden destruir un hogar, pero también pueden sanarlo.

 

Finalmente aparece el desamor, quizá el monstruo más peligroso porque suele llegar disfrazado de rutina. Dejamos de dedicar tiempo al cónyuge, de escuchar a los hijos, de interesarnos por los padres o los abuelos. El amor necesita expresarse en pequeños gestos cotidianos: Servir, acompañar, abrazar, escuchar, compartir una comida o simplemente estar presentes.

 

Una sociedad más humana comienza en hogares donde las personas aprenden a encontrarse de verdad. Los momentos de descanso pueden convertirse precisamente en ese espacio privilegiado para recuperar el diálogo, fortalecer los lazos familiares y volver a descubrir la alegría de estar juntos. 

 

Todos podemos decidir sacar de nuestra casa estos cuatro monstruos. Si logramos hacerlo, habremos realizado la limpieza más importante de todas, porque un hogar donde se cultivan el perdón, el respeto y el amor siempre será el mejor lugar para vivir.

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