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La melancolía del domingo por la tarde: la lúcida reflexión de Alejandro Dolina

¿Por qué pesa tanto el atardecer del domingo? Alejandro Dolina analiza la soledad, el aburrimiento, la angustia y la sombra inevitable del lunes.

Por Juan Isaac Ochoa PeinadoRedacción EXTRA
⏱ 3 min de lectura
La melancolía del domingo por la tarde: la lúcida reflexión de Alejandro Dolina
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

Pocas horas en la semana cargan con un peso existencial tan denso y universal como el atardecer de los domingos. Esa frontera invisible donde el descanso se desvanece y la rutina laboral del lunes comienza a proyectar su sombra ha sido objeto de estudios sociológicos, canciones y páginas literarias. Sin embargo, pocos han logrado diseccionar esa angustia colectiva con la agudeza poética y la compasión humana del escritor, músico y conductor argentino Alejandro Dolina.

Consultado en una entrevista sobre qué le diría a una persona al caer la tarde de un domingo para infundirle entusiasmo por la semana venidera, el creador de Crónicas del Ángel Gris eludió los optimismos prefabricados de la autoayuda para profundizar en las raíces del vacío dominical.

La fiesta de las cinco de la mañana y la trampa del aburrimiento

Para Dolina, la conocida tristeza del ocaso dominical no es una casualidad; responde a la frustración de una promesa íntima que el fin de semana encarna en el imaginario colectivo. El descanso de los viernes y sábados suele operar como un depósito de esperanza: la secreta expectativa de que acontezca un giro extraordinario en la propia existencia, de que alguien aparezca a salvarnos la vida con una sola palabra o de cruzar la mirada con una persona fascinante que quiebre para siempre la monotonía.

En ese sentido, Dolina define el aburrimiento no como la mera inactividad, sino como algo mucho más hondo: la amarga sensación de que no se avecina ninguna modificación en la vida. Bajo esa mirada, el domingo por la tarde se asemeja al momento amargo de una fiesta a las cinco de la madrugada, cuando las luces amenazan con encenderse y uno toma conciencia de que ha esperado en vano. No ha llegado el amor redentor, no ha sucedido ningún milagro y la realidad vuelve a tener ese persistente sabor a desengaño.

El peso del trabajo como castigo y la honestidad del privilegio

La segunda dimensión de este fenómeno, advierte el pensador, radica en la naturaleza de las obligaciones cotidianas. Para una inmensa mayoría de la población, el trabajo es percibido íntimamente como una condena obligada para subsistir, y la cercanía del lunes no representa un nuevo comienzo, sino el retorno forzoso al cautiverio.

Con su habitual honestidad intelectual, Dolina rehúye dar lecciones morales y reconoce su propia posición de excepción: forma parte de ese reducido porcentaje de personas que cobran por hacer aquello que gustosamente harían gratis. Confiesa que en su vida jamás ha padecido la angustia dominical porque anhela con entusiasmo la llegada de su oficio. Sin embargo, rechaza tajantemente convertir su buena fortuna personal en un mandato ético para los demás. Quien sufre el domingo a la tarde, sugiere Dolina, no padece un simple mal humor pasajero: está experimentando la herida abierta entre el anhelo de una vida extraordinaria y el rigor implacable de la rutina cotidiana.

Fuente: Entrevistas y archivo audiovisual: Reflexiones de Alejandro Dolina en transmisiones de radio y entrevistas culturales de la televisión argentina.

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