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La CASA EMBRUJADA de LAS CUADRAS en Pasto

Del libro “Los fantasmas en Pasto si existen y asustan” próximo a aparecer es este informe que muestra la historia de una vivienda situada en Pasto

Por Jorge CarvajalRedacción EXTRA
⏱ 6 min de lectura
La CASA EMBRUJADA  de LAS CUADRAS en Pasto
Imagen de portada · Grupo Editorial Central
Con motivo de la conmemoración del Día de los Muertos, decidí escribir en DIARIO DEL SUR. una crónica relacionada con esas historias de aparecidos, fantasmas y casas embrujadas que durante tantos años han formado parte de la tradición oral de Pasto. Y como sabía que una buena historia necesitaba también de imágenes, invité al reportero gráfico Leonardo Castro para que me acompañara en una de esas aventuras periodísticas que, al menos en principio, parecían más curiosas que peligrosas.
Fue así como llegamos hasta una vieja casa del barrio Las Cuadras, de la que me habían contado cosas verdaderamente escalofriantes. Según varias personas, aquella vivienda estaba llena de fantasmas y, por alguna razón, los inquilinos que llegaban nunca permanecían demasiado tiempo. Unos se iban sin dar explicaciones; otros aseguraban haber escuchado ruidos extraños durante la noche.
Con Leonardo llegamos llenos de curiosidad. Sin embargo, cuando estuvimos frente a la vivienda, nos encontramos con una sorpresa: la casa estaba siendo pintada y parecía que su propietario quería darle una nueva vida.
Apenas nos acercamos, un señor que estaba en el lugar nos vio y preguntó qué queríamos.
—Venimos a conocer la historia de la casa. Nos han dicho que aquí aparecen fantasmas —le respondimos.
El hombre cambió inmediatamente de expresión. Parecía que lo acabáramos de insultar. acabábamos de tocar una herida abierta.
—¡¿Cómo se les ocurre?! —nos gritó—. ¡Yo estoy tratando de alquilar esta casa y ustedes quieren sacar en el periódico que aquí asustan! ¡Váyanse!
La reacción nos tomó por sorpresa. Leonardo y yo nos miramos sin saber muy bien qué decir. Inmediatamente le ofrecimos disculpas y le explicamos que no publicaríamos absolutamente nada sin su autorización.
—Si usted no quiere, no sale nada —le dijimos.
Pareció tranquilizarse un poco. Cuando ya nos disponíamos a marcharnos, nos llamó:
—Vengan, muchachos. Tómense un café.
Aceptamos. En una cafetería ubicada en la esquina nos sentamos con aquel hombre, quien todavía parecía desconfiado. Después volvió a preguntarnos:
—¿Seguro que no van a publicar nada?
—Seguro. Si usted no autoriza, no publicamos la historia —le respondimos.
Fue entonces cuando, quizá porque ya se sentía más tranquilo, decidió contarnos la verdad.
—Sí, es cierto. La casa está embrujada.
Leonardo y yo nos quedamos en silencio. Habíamos llegado buscando una historia y, de repente, el propietario nos estaba confirmando aquello que inicialmente había negado con tanta vehemencia.
Nos explicó que la vivienda era una herencia familiar y que para él representaba un verdadero problema. Necesitaba alquilarla para poder vivir, pero los inquilinos no duraban.
—Ese es mi perjuicio —nos dijo—. La gente llega, pasa un tiempo y se va. Yo necesito alquilarla, pero con esa fama nadie quiere quedarse.
Entonces nos contó algo que todavía recuerdo con especial inquietud.
Cansado de escuchar las quejas de quienes habían ocupado la vivienda y convencido de que todo aquello eran simples supersticiones, decidió comprobarlo personalmente. Una noche tomó la determinación de quedarse a dormir allí.
—Yo no creía en fantasmas —nos confesó—. Por eso dije: esta noche me quedo y voy a demostrar que no pasa nada.
Se instaló en una habitación, encendió el televisor y trató de hacer una vida completamente normal. Pasaron las horas sin que ocurriera nada extraño.
Hasta que llegó aproximadamente las once de la noche.
Apagó la televisión y luego la luz.
Fue entonces cuando comenzó la pesadilla.
Según su relato, en medio de la oscuridad empezaron a escucharse unos alaridos escalofriantes. No eran simples ruidos ni sonidos difíciles de identificar. Él aseguraba que parecían los gritos desesperados de una mujer que estuviera siendo torturada.
Después escuchó carreras.
Pasos apresurados.
Golpes.
Cosas que caían.
La casa, que minutos antes estaba completamente silenciosa, parecía haberse transformado de repente en un escenario de terror.
—Fue algo espantoso —nos dijo.
Su primera reacción fue encender la luz.
Y ocurrió algo todavía más inquietante: los gritos cesaron.
El silencio regresó.
Por unos segundos pensó que todo había terminado. Tal vez, se dijo, había sido producto de su imaginación. Tal vez el cansancio, la oscuridad y las historias que había escuchado durante años le estaban jugando una mala pasada.
Pero quiso comprobarlo.
Apagó nuevamente la luz.
Y los alaridos regresaron.
Otra vez aquellos gritos horribles llenaron la casa. Nuevamente se escuchaban ruidos, carreras y golpes.
Esta vez no quiso investigar.
—Confieso que me vestí como pude y salí corriendo a la calle —nos relató.
Leonardo y yo permanecimos en silencio. Por momentos olvidamos que estábamos haciendo una entrevista. La historia nos había atrapado completamente.
Pensé entonces en algo que tantas veces había escuchado: que los fantasmas no le hacen daño a nadie. Pero aquel hombre tenía una opinión muy diferente.
—A mí sí me han hecho daño —nos dijo—. Yo vivo del alquiler de esta casa y nadie dura. Los fantasmas me están perjudicando.
No pude evitar cierta mezcla de incredulidad y curiosidad. En periodismo uno escucha muchas historias, algunas difíciles de comprobar y otras imposibles de explicar. Pero también aprende que las leyendas forman parte de la memoria de una ciudad y que, detrás de cada relato, suele existir una persona que lo vivió o que está convencida de haberlo vivido.
Antes de despedirnos, el propietario nos contó que había decidido hacer algunas remodelaciones. La casa estaba siendo pintada y, además, había acudido a un sacerdote amigo para que la bendijera.
—A ver si los fantasmas se van —nos dijo—. Ojalá que sea así.
Nos despedimos y regresamos a la redacción con una historia que jamás olvidaríamos.
Aquella visita a Las Cuadras me dejó pensando que Pasto no solamente está construida con ladrillos, calles y casas antiguas. También está construida con historias. Historias que pasan de una generación a otra, que sobreviven al tiempo y que aparecen precisamente cuando creemos que la modernidad ha terminado con las leyendas.
No sé si aquella casa estaba realmente embrujada. No puedo afirmar que los gritos fueran producidos por fantasmas, ni que las carreras y los golpes fueran obra de seres del más allá. Como periodista, debo mantener cierta distancia frente a aquello que no puedo comprobar.
Pero tampoco puedo olvidar el rostro de aquel hombre cuando nos contó lo ocurrido.
Y mucho menos puedo olvidar aquella frase:
“Yo no creía en fantasmas”.
Tal vez esa sea la parte más inquietante de toda esta historia.
Porque una cosa es escuchar una leyenda y otra muy diferente apagar la luz, quedarse solo en una casa y descubrir que, desde algún lugar de la oscuridad, alguien parece estar gritando.
Desde aquel día, cada vez que paso por el barrio Las Cuadras y veo una casa antigua con las ventanas cerradas, no puedo evitar preguntarme qué historias podrían esconderse detrás de sus paredes.
Quizá algunas casas solamente guardan recuerdos. Y quizá otras, como aquella, guardan algo más.

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