¿Es Pasto una ciudad en decadencia o en caos?
¿Está Pasto en decadencia? ¿Es una ciudad caótica? Son preguntas que vale la pena hacerse cuando se observa el deterioro progresivo de algunos sectores.

¿Está Pasto en decadencia? ¿Es una ciudad caótica? Son preguntas que vale la pena hacerse cuando se observa el deterioro progresivo de algunos sectores de la ciudad y la pérdida de control sobre aspectos básicos de la vida urbana.
Una ciudad entra en decadencia cuando comienza a perder calidad de vida, atractivo, competitividad, patrimonio y oportunidades para sus habitantes. El caos, en cambio, aparece cuando el desorden supera la capacidad de las autoridades para organizar la ciudad y hacer cumplir las normas.
A simple
vista, Pasto presenta síntomas preocupantes de ambas situaciones.
El espacio público, el primer síntoma
Uno de los problemas más visibles es la pérdida del espacio público. Andenes, plazas y zonas de circulación son ocupados permanentemente por vendedores informales, vehículos y otras actividades que dificultan el tránsito de los peatones.
A esto se suma la proliferación de construcciones, usos y actividades que, en algunos casos, no respetan las normas urbanísticas. Cuando las normas existen, pero se cumplen de manera irregular, aparece un claro síntoma de debilidad institucional.
El problema no es el vendedor informal que busca sobrevivir. El verdadero desafío consiste en encontrar una solución que permita recuperar el espacio público sin abandonar a quienes dependen de la economía informal. Se necesitan alternativas de reubicación, formalización y generación de ingresos, acompañadas de una autoridad capaz de hacer cumplir las reglas.
Una ciudad donde las normas parecen opcionales
Otro síntoma preocupante es el incumplimiento de las normas de convivencia y de tránsito.
Es frecuente observar motocicletas circulando por los andenes, vehículos estacionados en lugares prohibidos, invasión de zonas peatonales y conductas que ponen en riesgo a otros ciudadanos. En determinadas vías, como la carrera 19, el estacionamiento y la congestión hacen difícil la circulación.
Cuando estas conductas se vuelven cotidianas y las sanciones son escasas o poco efectivas, se produce algo más grave que una simple infracción: la ciudadanía comienza a percibir que las normas son opcionales.
Una ciudad necesita autoridad, pero también necesita legitimidad. La autoridad se pierde cuando las reglas no se aplican con igualdad.
Vías, parques y mobiliario: mantener antes que reconstruir
El deterioro también se observa en la infraestructura urbana: vías que requieren mantenimiento, andenes deteriorados, parques que pierden calidad, iluminación deficiente y mobiliario urbano que no recibe atención oportuna.
El problema no siempre es la falta de recursos. Muchas veces es la ausencia de una política de mantenimiento preventivo.
Una ciudad
inteligente no espera a que una vía esté completamente deteriorada para
repararla, ni a que una banca se destruya para reemplazarla. Mantener cuesta
menos que reconstruir.
El centro histórico que pierde habitantes
Quizá uno de los problemas más delicados sea el deterioro del patrimonio arquitectónico.
Algunas casonas antiguas permanecen en condiciones precarias y existe el riesgo de que el abandono termine provocando su desaparición. En determinados sectores, antiguas viviendas han sido transformadas en bodegas, locales comerciales o parqueaderos.
El centro de una ciudad no debería convertirse únicamente en un lugar para comprar y vender. Debe ser también un lugar para vivir, caminar, encontrarse y disfrutar.
Cuando una casona histórica se deteriora hasta convertirse en un lote, la ciudad no solo pierde un edificio: pierde una parte de su memoria.
Los cables: una ciudad atrapada en el aire
Otro problema evidente es la contaminación visual producida por el exceso de cables.
Postes y redes eléctricas aparecen saturados por cables de televisión, telefonía, internet y fibra óptica. Algunas empresas amplían sus redes, pero los cables que dejan de utilizarse permanecen en los postes.
El resultado es un paisaje urbano desordenado y, en algunos casos, peligroso.
¿Puede una empresa multinacional utilizar el espacio urbano para prestar un servicio sin asumir también la responsabilidad de mantener ordenada la infraestructura que utiliza?
Pasto necesita una política de cableado limpio, con retiro obligatorio de redes en desuso, compartición de infraestructura y un programa progresivo de canalización subterránea, comenzando por el centro histórico y los principales corredores urbanos.
También existe un problema económico
El deterioro urbano no es solamente físico.
El crecimiento de la informalidad, el cierre de establecimientos, la dificultad para generar empleo formal y la salida de empresas y profesionales son señales que deben observarse con atención.
Una ciudad que pierde inversión, empresas y talento humano pierde también capacidad para generar oportunidades.
Por eso, recuperar Pasto no significa únicamente pintar fachadas o reparar calles. Significa crear condiciones para que vivir, trabajar, invertir y emprender en Pasto vuelva a ser atractivo.
La inseguridad también transforma la ciudad
La inseguridad no se limita a los delitos.
Un parque abandonado, una calle oscura, un lote vacío o una edificación en ruinas también producen inseguridad y hacen que los ciudadanos abandonen determinados espacios.
Una ciudad segura es aquella que permanece activa: personas caminando, comercio funcionando, parques ocupados, calles iluminadas y edificios utilizados.
El mejor antídoto contra el abandono es una ciudad viva.
¿Quién es responsable?
La calidad de una ciudad es resultado de la actuación conjunta del gobierno, el sector privado y los ciudadanos. Sin embargo, el principal responsable de dirigir, coordinar y hacer cumplir las reglas es el gobierno municipal.
El alcalde tiene la responsabilidad política de hacer cumplir las normas urbanísticas, proteger el espacio público, organizar la movilidad, coordinar las políticas de seguridad, ejecutar el Plan de Desarrollo y garantizar el mantenimiento de la infraestructura.
Pero el alcalde no está solo.
El Concejo Municipal tiene responsabilidades fundamentales: aprobar el presupuesto, adoptar normas, participar en las decisiones urbanísticas y ejercer control político sobre la administración.
Las secretarías y entidades municipales, por su parte, deben cumplir sus funciones de manera técnica y eficiente. Una ciudad pierde capacidad de gestión cuando los cargos públicos responden más a intereses políticos que a criterios de capacidad, experiencia y servicio público.
El sector privado también tiene obligaciones. Las empresas deben respetar las normas urbanísticas y ambientales, mantener sus instalaciones, retirar infraestructura en desuso y contribuir a conservar el entorno donde desarrollan sus actividades.
Y los ciudadanos tampoco podemos eludir nuestra responsabilidad. Arrojar basura, destruir el mobiliario urbano, estacionar donde está prohibido, invadir los andenes o incumplir las normas de tránsito también contribuye al deterioro.
No todo depende del alcalde
Sería injusto atribuir todos los problemas de Pasto al gobierno municipal.
El desempleo, la pobreza, la migración, el crecimiento de la economía informal y la financiación de grandes proyectos también dependen de políticas nacionales, de la situación económica y de otros factores que escapan al control de una alcaldía.
Pero precisamente por eso un buen alcalde debe saber distinguir entre lo que puede resolver y lo que no puede resolver.
Lo que sí está en sus manos es organizar la ciudad, hacer cumplir las normas, mantener la infraestructura, proteger el patrimonio, recuperar el espacio público y coordinar a las instituciones.
¿Qué debería hacer un próximo alcalde?
Pasto necesita una política de largo plazo de recuperación urbana, no una sucesión de acciones aisladas.
Esa política debería tener, por lo menos, cinco prioridades:
Primero, recuperar el espacio público, ofreciendo alternativas de formalización y reubicación a los vendedores informales.
Segundo, ordenar la movilidad, fortaleciendo el transporte público, mejorando el control del tránsito y garantizando que los peatones recuperen los andenes.
Tercero, recuperar el patrimonio, evitando que las casonas antiguas se deterioren hasta desaparecer y creando incentivos para su restauración y nuevos usos.
Cuarto, ordenar la infraestructura urbana, comenzando por el retiro de cables en desuso y avanzando hacia la canalización subterránea en las zonas más importantes.
Quinto, establecer una política permanente de mantenimiento, para que parques, vías, andenes, iluminación y mobiliario urbano no lleguen al abandono.
Todo esto debe estar acompañado de indicadores públicos que permitan saber, año tras año, cuánto espacio público se recuperó, cuántas vías se repararon, cuántos inmuebles patrimoniales fueron restaurados y cuánto mejoró la movilidad.
¿Decadencia o caos?
La respuesta no debería basarse únicamente en una percepción.
Pasto no es una ciudad perdida ni está condenada al deterioro. Tiene enormes fortalezas: su patrimonio, su cultura, sus universidades, su gente, su ubicación estratégica y una identidad que pocas ciudades colombianas poseen.
Pero precisamente por esas fortalezas resulta preocupante permitir que los problemas se acumulen.
Pasto presenta síntomas de deterioro urbano que, si no son enfrentados con decisión, pueden convertirse en un proceso más profundo de decadencia. Y cuando la autoridad pierde capacidad para hacer cumplir las normas, el deterioro comienza a transformarse en caos.
Por eso, el debate electoral no debería limitarse a preguntar quién quiere ser alcalde.
La pregunta fundamental debería ser otra:
¿Qué problemas puede resolver razonablemente un alcalde durante su gobierno, cuáles requieren acuerdos de largo plazo y cuáles dependen de factores externos?
El candidato que responda esta pregunta con honestidad, presente prioridades claras y se comprometa con resultados medibles estará hablando de gobierno y no simplemente de elecciones.
Pasto no necesita únicamente un alcalde que quiera ser elegido. Necesita un alcalde que quiera y pueda recuperar la ciudad.
Fuente: Columna de opinión Alina Constanza Silva R.




