'El extranjero' de Albert Camus: la tragedia de ser juzgado por no saber fingir
En la era de la empatía performativa y los linchamientos digitales, analizamos si nuestra sociedad sigue castigando a quienes se niegan a fingir emociones.

Si Meursault, el protagonista de El extranjero, viviera en pleno siglo XXI, es muy probable que su condena no necesitara un tribunal de Argel ni las deliberaciones de un jurado formal: habría sido ejecutado socialmente en menos de veinticuatro horas en las redes sociales. Imaginemos la escena hoy: la madre de un hombre fallece y él no publica un lazo negro en su perfil, no redacta una elegía pública en Instagram ni se graba llorando para conmover a sus seguidores; simplemente asiste al velatorio en silencio, bebe un café y al día siguiente retoma su rutina. Para el escrutinio contemporáneo, ese silencio no sería interpretado como un duelo íntimo, sino como una prueba irrebatible de frialdad y maldad.
La pregunta que plantea la obra maestra de Albert Camus no ha perdido un solo milímetro de vigencia: ¿hasta qué punto somos libres de sentir lo que realmente sentimos, o seguimos atrapados en una sociedad que exige la simulación teatral como requisito de ciudadanía moral?
La empatía de escaparate: cuando no actuar el dolor es el verdadero delito
Solemos enorgullecernos de habitar una época más libre, tolerante y desprejuiciada que la de los años cuarenta. Sin embargo, la exigencia de conformidad emocional nunca había sido tan asfixiante como en la actualidad. Vivimos bajo la tiranía de lo que la sociología denomina "afectividad performativa": no basta con ser solidario o sentir pesar, es obligatorio demostrarlo, exhibirlo con las palabras exactas y sumarse a la coreografía emocional del momento.
Al igual que el fiscal de Camus ignoró los detalles materiales del disparo para obsesionarse con el hecho de que Meursault no lloró ante el ataúd de su madre, los juicios públicos contemporáneos rara vez analizan los hechos objetivos de un conflicto. Lo que se evalúa y castiga con ferocidad es la postura, el tono y la sumisión a los códigos emocionales de la masa. Quien rehúye los clichés de autoayuda, quien no se indigna ante la tendencia del día o quien admite con honestidad brutal que una tragedia lejana no le conmueve en lo profundo, es percibido de inmediato como una amenaza para el colectivo.
El tribunal de las redes: la intolerancia hacia quien se niega a mentir
En su célebre prefacio de 1955, Camus dejó una advertencia que hoy resuena con precisión quirúrgica: Meursault es sentenciado porque "se niega a jugar el juego". Y el juego social consiste, fundamentalmente, en mentir: fingir entusiasmo ante lo que nos aburre, impostar tristeza ante lo que nos es ajeno y adornar nuestros intereses egoístas con un barniz de virtud impecable.
La sociedad actual no está lejos de la que llevó a Meursault al cadalso; en muchos aspectos, ha perfeccionado sus mecanismos de vigilancia. Hemos multiplicado los jurados mediante algoritmos de indignación masiva y linchamientos digitales (cancelaciones), donde el mayor pecado no es cometer un error, sino negarse a ofrecer disculpas humillantes y ensayadas. Quien prefiere la autenticidad del silencio antes que la hipocresía del aplauso fácil sigue siendo, hoy más que nunca, un "extranjero" en su propia tierra: un individuo incómodo que nos recuerda que la verdadera libertad interior comienza el día en que dejamos de fingir lo que no sentimos.
Fuente: Ensayos sobre Albert Camus y estudios de sociología moral contemporánea




