EL DOBLE RASERO DEL PERIODISMO DIGITAL
Se ha conocido la intención de un, “reconocido empresario” de Pasto, de ofrecer dinero para tumbar una página de Facebook dedicada a publicar denuncias

En los últimos días se ha
conocido la intención de un, “reconocido empresario” de Pasto, de ofrecer
dinero para tumbar una página de Facebook dedicada a publicar denuncias y
situaciones de interés ciudadano. Más allá de las razones que puedan existir
detrás de esa intención, preocupa la manera en que ciertos medios digitales
deciden asumir, amplificar o silenciar determinados hechos, dependiendo de
quién esté involucrado y de los intereses que se encuentren en juego.
Resulta aún más llamativo
que la propuesta haya sido difundida precisamente por un medio que se ha
caracterizado por el populismo, el amarillismo y la búsqueda constante de
reacciones, muchas veces por encima de la responsabilidad que debería acompañar
el ejercicio de informar. El mismo medio que hoy presenta como noticia la
intención de silenciar una página de denuncias ha permitido espacios en los que
la rigurosidad periodística parece quedar relegada frente a la conveniencia de
quienes tienen el poder, los recursos o la capacidad de generar audiencia.
Son esas entrevistas que,
en el lenguaje popular, muchos conocen como “entrevistas pagadas”:
conversaciones sin preguntas incómodas, sin contrastes y sin un propósito real
de informar. Espacios diseñados, en ocasiones, para lavar la imagen de
determinados personajes y presentar una versión cuidadosamente construida de la
realidad. Allí no se busca profundizar ni cuestionar; se busca agradar. Lo
preocupante es que, cuando algunas personas expresan su desacuerdo frente a la
manera en que se desarrollan estos espacios, reciben insultos,
descalificaciones y términos soeces por parte de quienes administran esas
plataformas. Y nadie dice nada. Nadie cuestiona. Nadie exige respeto.
Parece que, cuando ciertos
ídolos de barro alcanzan popularidad y poder en las redes sociales, se vuelven
intocables. Entonces aparece el doble rasero: se exige libertad de expresión
cuando conviene, pero se intenta silenciar a quienes incomodan; se habla de
respeto a la comunidad, mientras se agrede a quienes opinan diferente; se
denuncia la falta de ética de otros, pero se normalizan prácticas que distan mucho
de un ejercicio responsable de la comunicación.
El periodismo no puede
convertirse en una vitrina para el mejor postor. Informar no significa vender
espacios, acomodar discursos ni utilizar micrófonos y redes sociales para
atacar, humillar o favorecer intereses particulares. El verdadero periodismo
exige preparación, responsabilidad, contraste de fuentes y, sobre todo, ética.
Por eso surge una pregunta inevitable: ¿qué sentirán los docentes y las
personas que participaron en la formación de quienes hoy se presentan como
periodistas, cuando observan que la profesión se reduce al espectáculo, al
insulto o a la dadiva?
Así como existen
mecanismos que respaldan la idoneidad profesional de abogados, contadores,
administradores y otros sectores, es necesario abrir una discusión seria sobre
la responsabilidad y la preparación de quienes ejercen labores periodísticas y
comunicativas. No para limitar la libertad de expresión, sino para dignificar
una profesión que no puede quedar en manos de quienes convierten los micrófonos
en bocinas personales y las redes sociales en escenarios de confrontación que
se mueve al son de los regalos y de los viajes a Europa.
La ciudadanía merece
comunicadores éticos, preparados y respetuosos. Merece medios que informen,
investiguen y cuestionen sin arrodillarse ante el poder ni vender su criterio
al mejor postor. Porque cuando la información pierde su independencia, el
periodismo deja de servir a la comunidad y comienza a servir a intereses
particulares. Y eso, aunque algunos prefieran callarlo, también debe
denunciarse… El que tiene oído, que oiga.




