EL DERECHO INTERNACIONAL COLAPSADO -II-.
Bajo la situación que describí del Derecho Internacional, éste se encuentra colapsado.

En la columna anterior concluí
que bajo la situación que describí del Derecho Internacional, éste se encuentra
colapsado.
El nuevo canciller, Omar Bula
Escobar, habla, y está bien, de desacralizar la ONU. Agrega que su neutralidad
se ha visto muy afectada, lo cual también es cierto, pero de ahí a que Colombia
siquiera considere la posibilidad de su retiro de ella, habría mucho trecho y
sus consecuencias, solo hipotéticas, serían enormes, entre ellas, implicaría un
proceso complejo de denuncia de tratados, además de profundos costos
diplomáticos, políticos y de cooperación para el país. Y lo propio en el
evento, también, ni siquiera pensable para Colombia de retirarse de la OEA.
La Carta de Naciones
Unidas no contiene disposición que regule, permita o prohíba el
retiro voluntario de un Estado miembro. Sus creadores decidieron
deliberadamente omitir esta posibilidad para enfatizar sobre el compromiso
permanente de sus miembros con la paz mundial.
En cambio, la Carta de la OEA prevé
que ella rige indefinidamente, pero que puede ser denunciada por
cualquiera de los Estados miembros y que transcurridos dos años, a partir de la
fecha en que reciba una notificación de
denuncia, ella cesará en sus efectos respecto del Estado denunciante, y éste
queda desligado de la organización después de haber cumplido con las
obligaciones emanadas de ella.
Retirar a Colombia significaría
perder el asiento y la voz en estos foros
de toma de decisiones sobre seguridad, migración, medio ambiente y
economía, lo cual afectaría la confianza inversionista, la estabilidad
institucional y diversos convenios bilaterales y multilaterales atados al
derecho internacional.
Pero lo más grave, entre todo
lo grave, es que las víctimas perderían
una instancia internacional de protección y supervisión en materia de derechos
humanos, si el orden interno falla, como en Colombia falla de manera corriente
y cotidiana.
Además, se suspenderían
cooperaciones técnicas, fondos de asistencia para el posconflicto, atención a
poblaciones vulnerables y proyectos regionales de desarrollo que operan en los
territorios.
Pero, por supuesto, que la OEA
y la ONU, requieren con urgencia reformas y exigencias de mayor eficacia.
Es así como, por ejemplo, la
internacionalista María José Luna Cuenca, afirma que existe una distancia enorme entre pedir que
funcionen mejor y decidir abandonar los espacios donde se construyen acuerdos,
se movilizan recursos y se concretan asuntos nacionales, regionales y globales.
Salir de la ONU y de la OEA no le quitaría mayor burocracia al país, pero si
uno de los mecanismos de cooperación y concertación más importantes que tenemos.
La discusión que trae la nueva
agenda de política exterior, además de ser la ONU y la OEA lentas y, con muchos
vacíos, debe centrarse en si Colombia se beneficia más manteniendo una relación
estrecha en los espacios donde se conciertan alianzas, se movilizan recursos de
cooperación y se deciden asuntos que afectan sus intereses en el hemisferio.
En este sentido, como en otros,
el presidente Trump, le ha hecho mucho daño a los derechos humanos, con sus críticas y
mofas a Naciones Unidas, convertidas en uno de sus ejes de política
exterior y, ha sacado a Estados Unidos de numerosos organismos del sistema de
la ONU, inspirado en un modelo populista
conservador.
Que Colombia no vaya a seguir
su ejemplo.




