¿De qué color es la diversidad? Del Museo Nacional al Carnaval de Negros y Blancos.
Cuando la memoria se retira de los museos, vale la pena preguntarse si todas las identidades encuentran un lugar en nuestras celebraciones culturales.

Cuando la memoria se retira
de los museos, vale la pena preguntarse si todas las identidades encuentran un lugar
en nuestras celebraciones culturales. La memoria no es solamente aquello que
conservamos. En la siguiente columna de opinión el Dr. Wilmer Muñoz. MD. ESP. Salud
Pública, hace una importante reflexión sobre estos temas.
Colombia atraviesa una
discusión que trasciende las paredes del Museo Nacional. Según reportes
publicados el 15 y 16 de octubre de 2026, fueron retiradas más de treinta
piezas vinculadas con movimientos Lgbtiq+, feminismo, memoria política y el
proceso de paz. La ministra de Cultura, Paola Holguín, defendió la medida
argumentando que el museo no debe convertirse en un instrumento de
adoctrinamiento político.
La discusión no se agota en
una disputa sobre objetos expuestos. Nos obliga a preguntar quién decide qué
relatos merecen ser conservados y cómo se justifican públicamente esas
decisiones. Los museos pueden revisar legítimamente sus guiones curatoriales;
esa facultad convive con el deber de explicar los criterios de selección y
preservar el pluralismo.
Del museo Nacional a las
calles de Pasto
Esta controversia invita a
mirar hacia el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, inscrito en 2009 en la
Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.
Su descripción internacional destaca el encuentro entre diferencias étnicas y
culturales, la convivencia y el respeto. El Plan Especial de Salvaguardia
reconoce la importancia de la participación comunitaria en la continuidad de la
manifestación.
En las calles de Pasto,
artesanos, músicos, danzantes, comparsas y colectivos coreográficos convierten
la memoria en una obra colectiva. La pregunta es inevitable: ¿la igualdad que
celebramos simbólicamente durante el Carnaval se garantiza también a quienes
participan, independientemente de su orientación sexual o identidad de género?
¿Quiénes tienen derecho a
construir nuestra identidad cultural?
Detrás de cada carroza,
vestuario y coreografía hay trayectorias personales y formas diversas de
entender el mundo. ¿Podría un artesano encontrar prejuicios por su orientación
sexual? ¿Puede una persona trans participar y liderar un colectivo en
condiciones de respeto? ¿Se valoran las propuestas artísticas con criterios
objetivos? ¿Existen canales confidenciales para denunciar exclusiones?
Estas preguntas no afirman
que exista discriminación sistemática en el Carnaval. Sin testimonios
contrastados, datos o decisiones documentadas, sería irresponsable sostenerlo.
Pero investigar la
posibilidad de barreras es
compatible con reconocer la enorme labor de quienes protegen la tradición.
Tradición, reglas e igualdad
Preservar la autenticidad
del Carnaval es una preocupación legítima. Las reglas de evaluación, los cupos
y las exigencias artísticas pueden responder a necesidades organizativas
reales. En 2024 se reportaron audiciones y criterios relativos a música, danza,
puesta en escena e indumentaria.
No obstante, preservar la
tradición no exige excluir a una persona por atributos ajenos a su desempeño
artístico. La Constitución protege el acceso a la cultura en igualdad de
oportunidades y la libertad de expresión artística. La legislación
antidiscriminación y la jurisprudencia constitucional ofrecen un marco adicional
para analizar eventuales conductas concretas.
Escuchar antes de concluir
En agosto de 2024,
representantes de colectivos coreográficos manifestaron preocupaciones sobre
financiación y equidad en la representación en eventos culturales. Aquellas
reclamaciones no demuestran discriminación por orientación sexual, pero sí
muestran que existen discusiones sobre las condiciones de participación que
merecen canales de respuesta.
Sería valioso convocar a
Corpocarnaval, autoridades locales, artesanos, colectivos coreográficos,
organizaciones de derechos humanos y participantes de identidades diversas a un
ejercicio de escucha. La agenda podría incluir revisión de reglamentos, acceso
a estímulos, criterios de selección, mecanismos de queja y testimonios voluntarios
protegidos por confidencialidad.
Una memoria en la que
quepamos todos
El debate sobre el Museo
Nacional nos recuerda que la cultura no es un objeto inmóvil: es una
conversación entre pasado y presente. Los museos custodian testimonios; los carnavales
los recrean cada año. En ambos espacios es posible defender el patrimonio y
exigir respeto por la dignidad humana sin convertir la diferencia en enemistad.
Pasto puede aportar a esta
conversación desde su experiencia cultural, sin trasladar automáticamente una
controversia nacional a sus artistas ni convertir preguntas legítimas en
acusaciones. Que hablen las personas, que respondan las instituciones y que la
evidencia oriente las conclusiones.
Quizá la pregunta más
importante no sea de qué color es nuestro Carnaval, sino si todas las personas
tienen la misma libertad para darle color.
Fuente: Diario del Sur




