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¿De qué color es la diversidad? Del Museo Nacional al Carnaval de Negros y Blancos.

Cuando la memoria se retira de los museos, vale la pena preguntarse si todas las identidades encuentran un lugar en nuestras celebraciones culturales.

Por Juan Miguel Narvaez ErasoRedacción EXTRA
⏱ 4 min de lectura
¿De qué color es la diversidad? Del Museo Nacional al Carnaval de Negros y Blancos.
Imagen de portada · Grupo Editorial Central

 

Cuando la memoria se retira de los museos, vale la pena preguntarse si todas las identidades encuentran un lugar en nuestras celebraciones culturales. La memoria no es solamente aquello que conservamos. En la siguiente columna de opinión el Dr. Wilmer Muñoz. MD. ESP. Salud Pública, hace una importante reflexión sobre estos temas.   

Colombia atraviesa una discusión que trasciende las paredes del Museo Nacional. Según reportes publicados el 15 y 16 de octubre de 2026, fueron retiradas más de treinta piezas vinculadas con movimientos Lgbtiq+, feminismo, memoria política y el proceso de paz. La ministra de Cultura, Paola Holguín, defendió la medida argumentando que el museo no debe convertirse en un instrumento de adoctrinamiento político.

La discusión no se agota en una disputa sobre objetos expuestos. Nos obliga a preguntar quién decide qué relatos merecen ser conservados y cómo se justifican públicamente esas decisiones. Los museos pueden revisar legítimamente sus guiones curatoriales; esa facultad convive con el deber de explicar los criterios de selección y preservar el pluralismo.

Del museo Nacional a las calles de Pasto

Esta controversia invita a mirar hacia el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, inscrito en 2009 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Su descripción internacional destaca el encuentro entre diferencias étnicas y culturales, la convivencia y el respeto. El Plan Especial de Salvaguardia reconoce la importancia de la participación comunitaria en la continuidad de la manifestación.

En las calles de Pasto, artesanos, músicos, danzantes, comparsas y colectivos coreográficos convierten la memoria en una obra colectiva. La pregunta es inevitable: ¿la igualdad que celebramos simbólicamente durante el Carnaval se garantiza también a quienes participan, independientemente de su orientación sexual o identidad de género?

 

 

¿Quiénes tienen derecho a construir nuestra identidad cultural?

Detrás de cada carroza, vestuario y coreografía hay trayectorias personales y formas diversas de entender el mundo. ¿Podría un artesano encontrar prejuicios por su orientación sexual? ¿Puede una persona trans participar y liderar un colectivo en condiciones de respeto? ¿Se valoran las propuestas artísticas con criterios objetivos? ¿Existen canales confidenciales para denunciar exclusiones?

Estas preguntas no afirman que exista discriminación sistemática en el Carnaval. Sin testimonios contrastados, datos o decisiones documentadas, sería irresponsable sostenerlo. Pero investigar la

posibilidad de barreras es compatible con reconocer la enorme labor de quienes protegen la tradición.

Tradición, reglas e igualdad

Preservar la autenticidad del Carnaval es una preocupación legítima. Las reglas de evaluación, los cupos y las exigencias artísticas pueden responder a necesidades organizativas reales. En 2024 se reportaron audiciones y criterios relativos a música, danza, puesta en escena e indumentaria.

 

No obstante, preservar la tradición no exige excluir a una persona por atributos ajenos a su desempeño artístico. La Constitución protege el acceso a la cultura en igualdad de oportunidades y la libertad de expresión artística. La legislación antidiscriminación y la jurisprudencia constitucional ofrecen un marco adicional para analizar eventuales conductas concretas.

Escuchar antes de concluir

En agosto de 2024, representantes de colectivos coreográficos manifestaron preocupaciones sobre financiación y equidad en la representación en eventos culturales. Aquellas reclamaciones no demuestran discriminación por orientación sexual, pero sí muestran que existen discusiones sobre las condiciones de participación que merecen canales de respuesta.

 

Sería valioso convocar a Corpocarnaval, autoridades locales, artesanos, colectivos coreográficos, organizaciones de derechos humanos y participantes de identidades diversas a un ejercicio de escucha. La agenda podría incluir revisión de reglamentos, acceso a estímulos, criterios de selección, mecanismos de queja y testimonios voluntarios protegidos por confidencialidad.

 

 

Una memoria en la que quepamos todos

El debate sobre el Museo Nacional nos recuerda que la cultura no es un objeto inmóvil: es una conversación entre pasado y presente. Los museos custodian testimonios; los carnavales los recrean cada año. En ambos espacios es posible defender el patrimonio y exigir respeto por la dignidad humana sin convertir la diferencia en enemistad.

Pasto puede aportar a esta conversación desde su experiencia cultural, sin trasladar automáticamente una controversia nacional a sus artistas ni convertir preguntas legítimas en acusaciones. Que hablen las personas, que respondan las instituciones y que la evidencia oriente las conclusiones.

Quizá la pregunta más importante no sea de qué color es nuestro Carnaval, sino si todas las personas tienen la misma libertad para darle color.

Fuente: Diario del Sur

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