No tenía los cincuenta mil

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En el sector de La Trinidad de Palmira el ambiente se mueve en la cotidianidad, en la idiosincrasia y el movimiento. Entre el ajetreo y los vendedores hay un hombre conocido como John Sandro Bejarano. No es alguien especialmente conflictivo, es más, todo lo contrario: es alguien en la medida amable y alegre que, como ritual religioso, siempre ubicaba su puesto de chorizos en la calle 28 con carrera 25, justo por el barrio Las Delicias.

En uno de esos días con pocas ventas, un hombre en una moto se acerca. El rostro de Bejarano cambia de inmediato: ese hombre delgado y de estatura algo baja no era un cliente, era un gota a gota. La preocupación se hace latente: la cuota es de 50 diarios, 50 que aún no ha logrado hoy, 50 que no va a poder pagar, 50 que le harán pagar.

El hombre se acerca con ese tumbao de aquellos que saben hacer lo malo y le habla con algo de falsa condescendencia y altivez sobre una plata que han de pasarle. John no podía hacer nada más que expresarle que era un día difícil, que no tiene los 50. El gota a gota, quizás acostumbrado a eso, le menciona que debe pagar. Su actitud desgarbada cambia a una beligerante y levanta ligeramente su camiseta para mostrar algo que era aún más intimidante que su mirada. John le repite que no lo tiene, que por favor lo entienda.

El gota a gota saca el arma, grita, lo amedrenta mientras apunta con su pistola automática de 9 milímetros. Le dice que debe pagar, que si no sabe lo que hará, que lo llenará de plomo, que si no qué quiere… Suena un disparo en Las Delicias, un sonido seco que proviene de un puesto de chorizos. Los clientes solo pueden ver a un hombre que lentamente cambia su rostro de violencia a una expresión de angustia mientras su arma se dispara por error. Y frente a él, John, tocándose su abdomen y retrocediendo con gran dolor, cayendo sobre su espalda.

La imagen se para por un segundo y luego, como en cámara rápida, el gota a gota toma su moto de dos tiempos y huye a toda velocidad. Los gritos suenan entre espantos y llamadas a las autoridades, y John solo mira hacia arriba, intentando contener la sangre con su mano y respirando a medias.

Las autoridades y cuerpo médico llegaron relativamente rápido, solo para llevar a John al centro de salud más cercano mientras la policía hacía el procedimiento necesario: fotos del lugar, cintas amarillas, luces que bañaban a los testigos que contaban su versión y algunas muestras. Minutos después la noticia era inevitable: John murió esa noche por las heridas, con hemorragia interna. Según un testimonio extraoficial, al parecer John decía la verdad: ese día no tenía los 50.


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