Los periodistas de antes eran dedicados y diferentes. La gente tenía disposición, no solo un celular en la mano

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Por: David R.

Hubo un tiempo —y no hace tanto— en el que el periodismo era una profesión que exigía botas en el barro, libretas llenas de garabatos y una paciencia casi heroica para perseguir historias. Los periodistas de antes tenían una mezcla peculiar de terquedad y romanticismo: se metían en donde nadie quería entrar, preguntaban lo que nadie más se atrevía a preguntar y dedicaban horas, días o semanas a cada investigación. Aquella era una época en la que la información se ganaba, no se “actualizaba”.

Hoy, en cambio, vivimos una paradoja. Tenemos más tecnología que nunca, pero menos disposición para escuchar, profundizar o contrastar. La noticia compite con miles de notificaciones y, entre el ruido, lo urgente aplasta lo importante. El celular, que debería ser una herramienta formidable, se ha convertido para muchos en el único filtro por el que pasa la realidad. Y lo que no aparece en esa pantalla, simplemente parece no existir.

Antes, cuando un periodista llamaba a una puerta o buscaba a un testigo, la gente mostraba cierta apertura. Había tiempo para conversar, para explicar, para entender el contexto. Hoy, la paciencia es un recurso escaso. Muchos prefieren grabar antes que hablar; compartir antes que reflexionar. La prisa digital ha reducido la profundidad de las historias y ha elevado la impulsividad a la categoría de “opinión”.

No se trata de idealizar el pasado ni demonizar el presente. La tecnología ha democratizado la información como nunca antes. Pero también es cierto que, en esa democratización, se ha diluido parte del oficio. Cada persona con un celular se siente reportera, pero informar no es solo apuntar una cámara o escribir un tuit. Informar es interpretar, investigar, contrastar y, sobre todo, entender que detrás de cada hecho hay un ser humano, no solo un contenido viralizable.

Los periodistas de antes tenían algo que hoy extrañamos: profundidad. Y la gente de antes tenía algo que hoy escasea: disposición. Un periodismo más humano exige también un público más consciente. Es una relación de doble vía: si queremos historias más serias, necesitamos tanto periodistas comprometidos como ciudadanos dispuestos a prestar atención más allá de la pantalla.

Quizá el reto actual no sea volver al pasado, sino rescatar lo mejor de él: la dedicación, la escucha, la paciencia y la búsqueda genuina de la verdad. Porque la tecnología puede cambiarlo todo… excepto la necesidad de contar y entender el mundo con rigor y empatía.


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