Columna de Opinión
En Colombia el miedo dejó de ser una sensación pasajera y se convirtió en parte del paisaje. Hoy la inseguridad no solo se siente, se organiza… define horarios, cambia rutas, limita planes y obliga a la gente a vivir en estado de alerta permanente. Salir con el celular en la mano es un riesgo calculado y llegar tarde a la casa se vuelve una preocupación diaria.
Las cifras oficiales van y vienen, pero en la calle el relato es otro: robos a plena luz del día, extorsiones normalizadas y barrios enteros donde manda más el miedo que la autoridad. La gente ya no denuncia porque desconfía… porque siente que no pasa nada o porque teme represalias. Así, el silencio se vuelve cómplice involuntario.
Nos estamos acostumbrando a vivir con miedo, a agradecer que el atraco “solo fue el celular”, a pensar que la violencia es parte del ADN nacional; ya esto no debería ser así. Cuando la inseguridad manda, la libertad se encoge, la confianza se rompe y la vida cotidiana se vuelve una carrera de resistencia. Un país que normaliza el miedo, está perdiendo mucho más que tranquilidad.


