Juicio ritual a Valencia desata polémica

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 Performance reabre heridas históricas en el Cauca

La reciente intervención artística que tuvo lugar en la “Ciudad Blanca” durante un evento cultural ha abierto un nuevo frente en la discusión sobre cómo se construye, y disputa, la memoria histórica en Colombia. El arrastre del busto de Guillermo León Valencia, ex presidente y figura central de la élite política caucana del siglo XX, no solo generó reacciones encontradas, sino que también obligó a la ciudad a confrontar debates que durante décadas han permanecido soterrados: el legado de la violencia, la desigualdad entre clases sociales y la persistente fractura entre las narrativas oficiales y las memorias de los pueblos indígenas y campesinos.

El colectivo responsable de la performance afirmó que la acción no es un acto impulsivo, sino el resultado de varios años de investigación, consulta de archivos, prensa y memoria oral. Según explicaron, la obra se enmarca en un “juicio espiritual e histórico” desde el derecho mayor indígena, orientado a evidenciar los impactos que la familia Valencia habría tenido sobre territorios y comunidades del Cauca mediante prácticas de concentración de tierras, decisiones estatales y acciones que, según su narrativa, profundizaron el despojo, la pobreza y la violencia política. El grupo subrayó que su gesto está profundamente ligado a la memoria de las mujeres indígenas, retomando el histórico manifiesto de 1927 que denunciaba abusos, desarmonías y relaciones de poder que no han desaparecido.

La performance hace referencia directa a la figura de Manuel Quintín Lame, líder indígena cuya vida estuvo marcada por persecuciones y agresiones perpetradas por el poder local de su época. El recorrido del busto por la misma calle donde Lame fue humillado hace un siglo fue concebido como un acto de respuesta simbólica, una reapropiación de espacios que tradicionalmente han sido controlados por las élites urbanas. Esta intencionalidad ritual, sin embargo, no impidió que el acto fuera rápidamente interpretado por sectores de la ciudadanía como una afrenta a la memoria de Popayán y a su patrimonio cultural.

La comunidad 

Las reacciones de rechazo fueron inmediatas. En redes sociales, varios usuarios calificaron la intervención de “vandalismo”, “espectáculo de odio” o “instrumentalización ideológica del arte”. Para este sector, el acto destruye más de lo que construye y se convierte en un ejercicio de memoria parcial, dirigido únicamente contra ciertos personajes y no contra otros cuya violencia también dejó huella en el país. Muchos apuntaron a que estas acciones afectan la imagen turística de la ciudad y exigieron que los responsables fueran judicializados.

El apoyo también fue contundente. Activistas y académicos señalaron que Colombia ha invisibilizado sistemáticamente el sufrimiento de los pueblos indígenas, y que actos como este permiten que las voces históricamente marginadas irrumpan en el espacio público. Para ellos, el juicio simbólico es una forma de restauración y una herramienta legítima del arte para cuestionar el poder.

En medio de la controversia, surgió un segundo debate: la responsabilidad de los medios. La difusión de nombres e imágenes sin contexto, así como la reproducción de calificativos provenientes de actores políticos, generó cuestionamientos sobre el rol de la prensa en la creación de juicios sociales que anteceden a cualquier reflexión crítica. Para varios observadores, los medios corren el riesgo de convertirse en reproductores de prejuicios cuando omiten las razones históricas detrás de estas intervenciones.

Andrés Maíz, entrevistado por Diario del Cauca, insistió en que la obra debe leerse como lo que es: arte disruptivo, ritual y político, no un acto criminal. Denunció además amenazas, discursos de odio y procesos de estigmatización que, según afirmó, ya fueron puestos en conocimiento de la Fiscalía. Criticó a la administración municipal por pronunciarse sin comprender el contexto de la obra y advirtió que esta falta de entendimiento alimenta la pugnacidad social.

Al final, la intervención artística dejó al descubierto que Popayán es un territorio donde el pasado sigue vivo y en disputa. El verdadero conflicto no radica solo en un busto arrastrado, sino en una ciudadanía que todavía no logra consensuar cómo quiere recordar su historia: si desde la comodidad del relato oficial o desde la incomodidad de las voces que durante décadas fueron relegadas. En ese debate, el arte irrumpe como el gran detonante.


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