Ibagué, la ciudad que se enseñó a esperar.

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Columna de Opinión

A veces siento que en Ibagué nos entrenaron para esperar: esperar que arreglen la vía, esperar que terminen la obra, esperar que ahora sí cumplan… Espere, espere, ESPERE… y mientras tanto, la ciudad sigue funcionando a medias, como puede, pero con paciencia forzada.

Uno sale a la calle y ya sabe a qué atenerse: desvíos improvisados, huecos que parecen eternos y obras que no se sabe cuándo empezaron ni mucho menos cuándo van a terminar. Aquí las promesas esperan, pero los resultados escasean. Todo está “en proceso”, todo va “avanzando”, aunque nadie vea el avance.

Lo que más molesta no es el problema, sino la costumbre… la costumbre al trancón, al polvo, al ruido, a la excusa; nos dicen que tengamos paciencia, como si la paciencia pagara impuestos o compensara el tiempo perdido, y así, reclamar termina viéndose casi como exageración.

Ibagué no es una mala ciudad… al contrario, tiene potencial de sobra, pero es una ciudad que vive atrapada entre promesas repetidas y soluciones a medias. Cada administración llega con el mismo discurso renovado y se va dejando los mismos pendientes.

Aquí es donde uno se pregunta hasta cuándo vamos a normalizar que todo sea lento, que todo quede inconcluso y que exigir resultados parezca un favor. Una ciudad no se construye con discursos ni con renders bonitos, se construye con hechos. Ibagué no necesita más explicaciones; Ibagué necesita decisiones, ejecución y respeto por la gente que todos los días sigue esperando… pero ya con la paciencia al límite.


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