El ruido de un árbol al caer puede durar apenas unos segundos. Para Robinson Muñetón Lozada, sin embargo, aquel estruendo quedó suspendido en el tiempo. Mientras talaba, un tronco se desprendió y cayó sobre su cuerpo. El golpe fue brutal. La columna quedó fracturada en dos partes, varias costillas resultaron lesionadas y uno de sus testículos se reventó. Después vino el silencio. Y con él, una vida completamente distinta.
Robinson no puede caminar. El hombre que antes podía desplazarse por sus propios medios quedó obligado a mirar el mundo desde una silla de ruedas. Las piernas dejaron de llevarlo de un lugar a otro y acciones que alguna vez fueron naturales comenzaron a depender de otras personas, de espacios adecuados y de una ayuda que no siempre está disponible.
Pero las heridas no terminan donde acaba el dolor físico. El accidente también golpeó su manera de ganarse la vida, su independencia y la posibilidad de llevar una rutina sin depender de nadie. El trabajo que realizaba con sus manos quedó atrás y, con él, buena parte de la vida que había construido alrededor de su oficio.
Hoy, Robinson carga con las consecuencias de aquel instante. Su cuerpo conserva las marcas del accidente y su día a día está lleno de obstáculos que para otros pasan inadvertidos: trasladarse, salir de casa, resolver una diligencia o simplemente cambiar de lugar puede convertirse en una tarea que exige tiempo y asistencia.
Sin embargo, entre las dificultades permanece una idea: volver a vivir con mayor autonomía. No habla de regresar exactamente al hombre que era antes, porque sabe que eso ya no es posible. Lo que busca es una oportunidad para reconstruir su vida desde las condiciones que ahora tiene, sin olvidar todo aquello que el accidente le arrebató de golpe y sin previo aviso.
Por eso dirige su llamado a Florencia y a la Alcaldía Municipal. También a las instituciones y a quienes puedan contribuir a mejorar su situación. Robinson necesita apoyo para enfrentar las consecuencias del accidente y encontrar herramientas que le permitan recuperar independencia, mientras intenta abrirse paso en una realidad que nunca escogió y que todavía le resulta difícil aceptar.
Su historia no comenzó con una petición. Comenzó con un árbol, un tronco que cayó sin aviso y un golpe que partió su vida en dos. Ahora, desde una silla de ruedas, espera que una mano se extienda para ayudarlo a reconstruir lo que quedó al otro lado de aquel impacto, allí donde todavía permanece una parte de la vida que alguna vez conoció.



