Redada sorpresa en el penal
El pasado 30 de enero, la Policía, el INPEC y el GAULA llevaron a cabo un operativo relámpago en la cárcel de Duitama, con el objetivo de erradicar actividades ilícitas dentro del penal. Los uniformados removieron colchones, inspeccionaron pertenencias y revisaron minuciosamente cada rincón de los pabellones, comedores y patios.
El resultado fue contundente: se incautaron drogas, un celular y armas blancas improvisadas, confirmando que algunos internos continuaban con sus actividades delictivas desde la prisión.
Celulares y drogas tras las rejas
Uno de los hallazgos más alarmantes fue un teléfono móvil, presuntamente utilizado para coordinar actividades ilícitas desde el interior.
“Es increíble cómo, incluso estando presos, sacan mañas para seguir delinquiendo; cargaditos de perico y hasta celular… Ahí están pintados”, comentó un ciudadano indignado.


Además del celular, se encontraron estupefacientes en diversas presentaciones y armas cortopunzantes de fabricación artesanal, demostrando que la creatividad para el delito no se detiene ni tras las rejas.
¿Corrupción carcelaria?: una pregunta sin respuesta
Este operativo pone de relieve una inquietante realidad: ¿Cómo ingresan estos objetos prohibidos a la cárcel? Aunque no se puede generalizar, en algunos casos se ha evidenciado la complicidad de funcionarios penitenciarios que, a cambio de sobornos, facilitan el ingreso de drogas y otros elementos prohibidos.
Por ejemplo, en julio de 2024, tres guardias del INPEC en la cárcel de Pasto fueron arrestados por tráfico de drogas dentro del penal (vanguardia.com). Asimismo, en diciembre del mismo año, se desmanteló una red delictiva en la cárcel de Girardot que involucraba a funcionarios del INPEC y reclusos en la venta de estupefacientes (publimetro.co).
Este caso es el reflejo de una realidad preocupante en Colombia. En varias cárceles del país, algunos reclusos siguen delinquiendo con total impunidad, a veces incluso con la complicidad de quienes deberían impedirlo. Cuando esto ocurre, el penal deja de ser un centro de rehabilitación y se convierte en un fortín del crimen organizado.
Pero si algunos piensan que pueden seguir con la fiesta, se equivocaron. Es hora de dar mano dura y cerrarles el camino a los negocios ilícitos tras las rejas.
«Las cárceles no pueden ser fortalezas del crimen. Se necesita mano dura para frenar el relajo y recuperar el control.«
El reciente operativo en la cárcel de Duitama no solo reveló la persistencia de actividades delictivas dentro del penal, sino que también puso en evidencia posibles fallas estructurales y complicidades internas. La pregunta ya no es si esto ocurre, sino hasta qué punto ha avanzado.
Es imperativo que las autoridades refuercen los controles y promuevan una cultura de transparencia y cero tolerancia a la corrupción dentro del sistema penitenciario. Las cárceles no pueden seguir siendo oficinas del crimen. O se pone orden, o el problema seguirá creciendo.


