Rocy, esposa de Carlos quien murió incinerado, denuncia inconsistencias sobre su caso.
El nombre de Carlos Alberto Ramírez Arroyave quedó marcado en la memoria de Ibagué tras un crimen que estremeció a toda la ciudad. El 16 de julio de 2025, su cuerpo fue encontrado sin vida en el Parque La Paz, cerca del colegio INEM. No fue una muerte cualquiera: recibió múltiples puñaladas y luego fue incinerado en un acto de sevicia que buscaba borrar cualquier evidencia.
Carlos Alberto, trabajador en la industria bogotana, había caído en el infierno de las drogas y terminó viviendo en condición de calle en la capital del Tolima. A pesar de su situación, mantenía comunicación con su familia, quienes hoy no aceptan que su muerte sea tratada como una “baja colateral”.
Su esposa, Rocy Cetina Páez, asegura que la investigación oficial está plagada de irregularidades. Tras entrevistarse con el fiscal el pasado 9 de abril, conoció un informe que calificó de “completamente falso”. Con pruebas fotográficas en mano, desmintió cada punto: el documento afirma que no hay cámaras en el sector, pero ella documentó al menos seis dispositivos de vigilancia en el Parque La Paz.
Además, el investigador aseguró haber tomado testimonio de la madre de la víctima, pero la mujer nunca fue contactada. Para Rocy, estas inconsistencias son prueba de negligencia y desinterés.
La viuda denuncia que la condición social de Carlos Alberto influyó en la desatención. “No menosprecien la muerte de mi esposo ni nuestro dolor porque él estaba en la calle”, exigió.
Rocy advierte que el asesino no es un delincuente común. “En Ibagué hay un psicópata. La manera en que lo asesinó y luego lo quemó demuestra que no es la primera vez que lo hace ni será la última”, declaró con angustia.
La familia ha solicitado formalmente el cambio del investigador y la intervención de la Procuraduría General de la Nación. Para Rocy, la captura del responsable es urgente: “Es un peligro para cualquier ciudadano de Ibagué”.
Carlos Alberto, más allá de su condición, era un hombre que buscaba oportunidades. Llegó a Ibagué con la esperanza de trabajar en el campo, pero terminó sobreviviendo como informal en la Plaza de la 21. Su historia, truncada por la violencia, hoy se convierte en símbolo de la impunidad que amenaza a la ciudad.


