Cómo sobreviví a Ted Bundy, uno de los peores asesinos en serie de la historia de Estados Unidos

Con toda seguridad jamás has oído hablar de Kathy Kleiner Rubin, pero sí del hombre que intentó asesinarla.
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Si hay alguien que se pueda considerar una sobreviviente en este mundo, es Kathy.

Su primer roce con la muerte lo tuvo a la edad de 12 años, cuando fue diagnosticada con lupus -una enfermedad autoinmune crónica- y debió someterse a un tratamiento de quimioterapia.

Después de recuperarse, mientras estaba disfrutando de su vida en la Universidad del Estado de Florida en 1978, una noche un extraño entró en la residencia en la que vivía. Era el asesino en serie Ted Bundy.

Lo que sucedió a continuación fue un espantoso ataque en el que dos de sus compañeras de la residencia universitaria murieron, y Kathy y su compañera de cuarto resultaron gravemente heridas.

Después de la tragedia, Kathy estaba tan decidida a llevar una vida normal que su hijo ni siquiera supo que había sido atacada por Bundy hasta que tuvo 37 años.

Kathy ha escrito un libro sobre su vida, con la colaboración de Emilie Le Beau Lucchesi, llamado A Light in the Dark: Surviving More than Ted Bundy (“Luz en la oscuridad: sobreviviendo a más que Ted Bundy).

Sobre estos eventos, habló con el programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC.

De niñez alegre a misteriosa enfermedad

Kathy Kleiner Rubin nació en Miami, Florida, de madre cubana y padre estadounidense. Se crio rodeada de muchos primos en un gran ambiente familiar. Pero, cuando tenía 5 años, su padre murió de un ataque al corazón.

No obstante, su madre volvió a casarse con un hombre de origen alemán, con quien Kathy tuvo una buena relación. “Era genial. Era el mejor papá que podía pedir y, de hecho, lo llamé papá en lugar de padrastro”.

Su madre fue una gran influencia en su vida, aunque fue muy estricta. Les imponía límites a Kathy y sus hermanos, que debían obedecer, como no llegar tarde a casa, dice.

Pero a los 12 años, Kathy repentina y misteriosamente empezó a sentirse mal. “Era el final del sexto grado y me sentía letárgica y cansada, y no quería hacer nada”.

Después de la escuela se iba a casa y se metía en la cama con fiebre. Un pediatra recomendó internarla en el Hospital de Niños de Miami, donde permaneció tres meses, pero los médicos fueron incapaces de diagnosticar qué tenía.

Sabían que algo estaba atacando su cuerpo pero no estaban seguros de cómo ayudarla. Aconsejaron que se la llevaran de vuelta a casa, porque no sabían cuánto tiempo seguiría viviendo.

Kathy tenía una enfermedad incurable llamada lupus, en la que el sistema inmunitario del cuerpo ataca al tejido sano. Los síntomas se pueden controlar con un tratamiento que era bastante experimental en ese momento. Su médico sugirió probar quimioterapia, algo bastante difícil para una niña de 12 años.

Un año solitario

“Se me empezó a caer el pelo, todo, y quedé calva”, cuenta. “Estaba en séptimo grado, confinada en casa con una maestra y solo podía mirar por la ventana y ver a los otros niños jugando”.

Se sentía tan sola que algunas veces apretaba “0” en el teléfono para llamar a la operadora y escuchar una voz al otro lado de la línea.

Pero no quería darse por vencida. A pesar de tener que pasar mucho tiempo en la cama, antes de que llegaran sus padres a casa, se vestía, bajaba a la sala a ver la televisión y hacía ver que todo estaba bien.

Al final del año empezó a mejorar y con el visto bueno de los médicos empezó a normalizar su rutina. “Quería vivir la vida porque la disfrutaba. Iba a dejar atrás el lupus porque no iba a vivir con él mentalmente y era hora de volver a la escuela, ser una niña e ir de compras. Todas esas cosas”.


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