Las festividades de Fin de Año y Año Nuevo dejaron un saldo oscuro en el Valle del Cauca: más de veinte animales resultaron afectados por la pólvora, según datos oficiales de la Gobernación. La cifra, que asciende a 27 reportes, revela un panorama brutal que trasciende la celebración y expone la violencia sonora que golpea a las familias multiespecie.
Cinco de los casos correspondieron a lesiones directas, mientras que diez animales huyeron despavoridos de sus hogares, arrastrados por el estruendo que convierte la pólvora en un arma invisible. El eco de cada explosión no solo hiere a las personas, también desgarra la tranquilidad de perros, gatos y aves, que terminan convertidos en víctimas silenciosas de una tradición que se niega a morir.
Lizeth Parra, subsecretaria de Protección y Bienestar Animal del Valle, lanzó un mensaje contundente: “Esto es un llamado al no uso de la pólvora, recordemos que esto no solo afecta a las personas, sino a las familias multiespecie”. Su advertencia retumba como un rayo en medio de la indiferencia, recordando que la pólvora no es fiesta, sino tragedia.
La Gobernación mantiene canales de denuncia y reporte, aunque la verdadera urgencia es cultural: erradicar la normalización de un acto que mutila la vida. El Valle amanece con un saldo visceral, donde el mal uso de la pólvora se revela como símbolo de dolor y no de celebración.




