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Según los científicos, durante las crecientes el agua arrastra grandes volúmenes de basura acumulada en calles, vertederos y zonas urbanas, llevándola rápidamente a las corrientes fluviales. Este fenómeno convierte a las inundaciones en un factor clave en la dispersión del plástico hacia ecosistemas acuáticos.
El análisis se basó en mediciones realizadas antes, durante y después de episodios de lluvia extrema. Los resultados mostraron picos muy pronunciados de microplásticos y residuos visibles en el agua tras las tormentas, lo que confirma que estos eventos funcionan como “pulsos” de contaminación.
Los expertos advierten que el problema podría agravarse con el cambio climático, ya que se prevé un aumento en la frecuencia e intensidad de lluvias fuertes en varias regiones del mundo. Esto implicaría mayores descargas repentinas de desechos hacia ríos y, posteriormente, hacia mares y océanos.
Ante este panorama, los investigadores subrayan la importancia de mejorar la gestión de residuos urbanos, fortalecer los sistemas de drenaje y reducir el uso de plásticos de un solo uso. También recomiendan monitoreos más frecuentes durante temporadas de lluvias para entender mejor la magnitud real del problema.
El estudio concluye que controlar la contaminación plástica no solo depende de reducir la producción de residuos, sino también de prepararse para eventos climáticos extremos que pueden disparar su dispersión en cuestión de horas.
Un equipo de investigadores ha identificado en la Sierra Nevada de Santa Marta uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XXI en el país. Se trata de Betoma, una extensa red de poblados indígenas que podría transformar la comprensión del urbanismo prehispánico en esta región.
El proyecto, liderado por el arqueólogo Daniel Rodríguez Osorio, comenzó en 2019 con recorridos de campo en la cuenca alta de la quebrada La Aguja. Allí se detectaron inicialmente más de mil terrazas construidas en piedra. Sin embargo, el uso de tecnología Lidar —un sistema de escaneo láser aéreo— permitió dimensionar la verdadera magnitud del sitio: se han documentado al menos 8.334 estructuras distribuidas en un área de más de 18 kilómetros cuadrados.
A diferencia de Ciudad Perdida, Betoma no corresponde a una única ciudad concentrada, sino a una conurbación: una red densa de asentamientos interconectados sin un centro dominante. Este patrón sugiere una forma de organización territorial distinta a la que se creía predominante entre los antiguos pueblos tairona.
Los estudios indican que la ocupación del área comenzó alrededor del siglo V, con pequeños asentamientos dispersos, y que su mayor crecimiento se produjo entre los siglos XIV y XVI. La distribución homogénea de terrazas y caminos revela una planificación compleja y una población numerosa que habitó la zona durante siglos.
El hallazgo no solo tiene relevancia nacional. Investigadores internacionales consideran que Betoma ofrece nuevas claves para entender cómo se desarrollaron grandes centros poblados en ambientes tropicales, especialmente aquellos que funcionaban sin un poder central evidente. Incluso, por su extensión, el sitio se compara con referentes arqueológicos de América Latina, aunque con un modelo urbano diferente.
Especialistas y comunidades locales coinciden en que el principal reto ahora es la protección del lugar. El creciente interés científico y turístico obliga a diseñar estrategias que permitan investigar y, al mismo tiempo, preservar el patrimonio y el equilibrio ambiental del territorio.
Betoma emerge así como una pieza clave para reconstruir la historia antigua de Colombia y para replantear lo que se sabía sobre la ocupación humana en la Sierra Nevada, un territorio que todavía guarda numerosos secretos bajo la selva.




