Aulas inmersas de adoctrinamiento.

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Columna de Opinión

En Colombia siempre nos han dicho que la educación es el camino para salir adelante. Y sí, lo es… pero también es, querámoslo o no, un conducto poderoso para sembrar ideas políticas. Desde el colegio nos enseñan qué debemos de pensar sobre la historia, el Estado y hasta sobre lo que está bien o mal en lo público.

No se trata de decir que educar sea adoctrinar, pero tampoco podemos ser ingenuos; los contenidos, los enfoques y hasta los silencios dicen mucho. Cuando se repite una sola versión de los hechos y se deja por fuera el debate, la educación deja de formar ciudadanos críticos y empieza a formar seguidores… “inútiles útiles” que sirven para postrarse ante el mejor postor.

El problema no es que en las aulas se hable de política; al contrario, debería hablarse mucho más de ello; lo preocupante es cuando se presenta una sola corriente como verdad absoluta. Ahí es cuando la educación se convierte en una autopista directa hacia una ideología específica, sin espacio para la duda o para el debate.

Necesitamos una educación que enseñe a preguntar, a contrastar y a discernir con respeto y criterio… que esta nueva generación no le tenga miedo a las diferencias ni a las discusiones incómodas; porque al final, un país que piensa distinto pero dialoga, es mucho más fuerte que uno donde todos repiten lo mismo sin decir un pero. 

La escuela no debería ser fábrica de militantes, sino semillero de ciudadanos libres. Si la educación va a ser un conducto, que sea hacia el pensamiento crítico y no hacia la obediencia ciega; en un país como el nuestro, eso no es un lujo: es una necesidad urgente.


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