Armamento extranjero en Sudán: las redes internacionales que mantienen viva la guerra

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La guerra que enfrenta a las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) entró en su cuarto año convertida en una de las crisis humanitarias más graves del mundo. El conflicto, iniciado el 15 de abril de 2023, no solo ha provocado desplazamientos masivos, destrucción de infraestructura y una profunda crisis alimentaria, sino que también ha adquirido una dimensión regional e internacional debido al flujo de armas, combatientes, financiación y otros recursos provenientes del exterior.

Informes y documentos relacionados con el sistema de sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han señalado distintas rutas utilizadas para trasladar armamento y material militar hacia las partes enfrentadas, particularmente hacia las RSF en Darfur. El fenómeno también ha involucrado redes de intermediarios, empresas, aeropuertos regionales y combatientes extranjeros.

Uno de los puntos centrales de estas investigaciones es que la guerra ya no puede analizarse únicamente como un enfrentamiento interno. La participación de actores externos ha contribuido a crear redes logísticas y financieras que permiten a los grupos armados mantener sus operaciones mientras la población civil continúa soportando las consecuencias.

¿Cómo comenzó la guerra en Sudán?

El conflicto actual estalló en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas, dirigidas por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las Fuerzas de Apoyo Rápido, una poderosa organización paramilitar encabezada por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti.

Ambas estructuras habían compartido el poder después de la caída del presidente Omar al-Bashir en 2019 y participaron posteriormente en el proceso político que debía conducir a un gobierno civil.

Sin embargo, las diferencias sobre la transición política y, especialmente, sobre la integración de las RSF dentro de las Fuerzas Armadas terminaron agravándose hasta desembocar en enfrentamientos abiertos.

Los primeros combates se concentraron en Jartum y posteriormente se extendieron a otras regiones, entre ellas Darfur y Kordofán. La guerra provocó la destrucción de viviendas, mercados, hospitales, escuelas, instalaciones industriales y redes de transporte.

Para abril de 2026, Naciones Unidas estimaba que cerca de 34 millones de personas necesitaban asistencia humanitaria y que más de 4,5 millones habían abandonado el país para buscar refugio en otros Estados.


El papel del armamento extranjero

Una de las principales preocupaciones de Naciones Unidas y de organizaciones internacionales ha sido la llegada de armas y municiones a las zonas donde se desarrolla la guerra.

El Panel de Expertos del Consejo de Seguridad sobre Sudán ya había documentado en su informe S/2024/65 transferencias de armas y municiones hacia Darfur que constituían violaciones del embargo de armas establecido por el Consejo de Seguridad para esa región.

Las investigaciones posteriores han identificado diferentes rutas utilizadas para transportar armas, vehículos, combustible y otros materiales militares.

Entre las rutas mencionadas aparecen conexiones con Chad, Libia, Sudán del Sur, República Centroafricana, Eritrea y Etiopía. También se han documentado acusaciones sobre el uso de drones de fabricación iraní en apoyo de las Fuerzas Armadas Sudanesas.

Esto significa que el conflicto ha terminado dependiendo, en parte, de una compleja red regional de abastecimiento.


Emiratos Árabes Unidos, uno de los principales focos de controversia

Uno de los casos que más atención internacional ha recibido es el presunto suministro de armas a las Fuerzas de Apoyo Rápido a través de redes relacionadas con Emiratos Árabes Unidos.

El Panel de Expertos de la ONU de 2024 identificó vínculos entre entidades con sede en Emiratos y el suministro de armas a actores vinculados con las RSF. Investigaciones posteriores también señalaron el aeropuerto de Amdjarass, en el este de Chad, como un punto utilizado dentro de las rutas de abastecimiento.

Reuters informó en diciembre de 2024 que datos de vuelos y análisis de imágenes satelitales habían identificado decenas de vuelos de carga procedentes de Emiratos hacia Amdjarass desde el comienzo de la guerra. Naciones Unidas y funcionarios occidentales habían expresado sospechas sobre el posible uso de esas rutas para transportar material destinado a las RSF.

Sin embargo, existe una controversia importante que debe ser señalada para evitar presentar como hecho una acusación disputada.

Emiratos Árabes Unidos ha negado reiteradamente haber proporcionado armas a cualquiera de las partes del conflicto. Abu Dabi sostiene que sus operaciones en Amdjarass estuvieron relacionadas con ayuda humanitaria y atención médica.

Por ello, cuando se habla de la participación de Emiratos en el conflicto, es importante diferenciar entre las conclusiones y evidencias presentadas por investigadores internacionales y las posiciones oficiales de los gobiernos acusados.


El conflicto también ha creado una red de combatientes extranjeros

La internacionalización de la guerra no se limita a las armas.

En abril de 2026, el Comité de Sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU incluyó en su lista a tres ciudadanos colombianos relacionados, según las conclusiones del Comité, con el reclutamiento, despliegue o financiación de antiguos militares colombianos que combatieron junto a las RSF.

En el caso de Álvaro Andrés Quijano Becerra, la ONU señaló que entre 350 y 380 combatientes colombianos, en su mayoría antiguos militares, fueron reclutados mediante diferentes empresas privadas de seguridad, incluida una agencia identificada por el Comité como uno de los principales nodos de reclutamiento.

La ONU indicó además que estos combatientes proporcionaron capacidades tácticas y técnicas a las RSF, desempeñándose, según el documento, como integrantes de infantería y artillería, operadores de drones, operadores de vehículos e instructores.

Estos datos muestran que la dimensión internacional del conflicto incluye no solamente la adquisición de armas, sino también la contratación y movilización de personal extranjero.


Las nuevas rutas de abastecimiento complican los esfuerzos para detener la guerra

La existencia de diferentes corredores terrestres y aéreos hace más difícil controlar el flujo de material militar.

Un informe de Naciones Unidas relacionado con Libia señaló que combatientes colombianos fueron trasladados a través de territorio libio para apoyar a las RSF en Sudán. El documento identificó a Kufra como uno de los puntos de tránsito y describió el papel de Libia como espacio de apoyo logístico y operacional para el traslado de combatientes, combustible, armas y otros materiales.

La consecuencia es que las fronteras de Sudán se han convertido en elementos fundamentales de la dinámica del conflicto.

Mientras existan rutas para trasladar armas, combustible, vehículos, drones, municiones y combatientes, los grupos enfrentados mantienen mayores posibilidades de continuar las operaciones militares.


¿Por qué el suministro de armas extranjeras es tan importante?

Las armas extranjeras no son la única causa de la guerra. El conflicto tiene raíces políticas, militares, económicas y sociales anteriores a abril de 2023.

Sin embargo, el suministro externo puede aumentar la capacidad de los grupos armados para continuar combatiendo.

Una guerra necesita mucho más que fusiles. Los ejércitos y grupos paramilitares necesitan combustible, municiones, vehículos, sistemas de comunicación, repuestos, drones, alimentos, instalaciones logísticas y dinero para pagar a sus integrantes.

Por eso, las redes de abastecimiento tienen una importancia estratégica.

El propio Consejo de Seguridad ha mantenido un régimen de sanciones relacionado con Darfur y un embargo de armas aplicable a esa región. En septiembre de 2025, el Consejo renovó ese régimen por un año, hasta septiembre de 2026.


Una guerra que también destruyó la economía de Sudán

El impacto económico del conflicto ha sido enorme.

Según el Banco Mundial, el producto interno bruto real de Sudán se contrajo aproximadamente 29,4 % en 2023 y otro 14 % en 2024. El organismo calificó estas contracciones como unas de las más profundas de la historia económica reciente.

La destrucción no se limita a edificios.

La guerra ha afectado:

  • Agricultura.
  • Comercio.
  • Transporte.
  • Telecomunicaciones.
  • Servicios financieros.
  • Educación.
  • Salud.
  • Industria.
  • Infraestructura energética.
  • Cadenas de suministro.

Además, los desplazamientos masivos han reducido la disponibilidad de trabajadores en numerosas zonas y han dificultado que agricultores y empresas puedan mantener sus actividades.


La agricultura, uno de los sectores más golpeados

La agricultura tiene una importancia extraordinaria para Sudán.

El Banco Mundial señala que el sector representaba aproximadamente 35 % del PIB y 40 % del empleo total en 2023. También era una fuente fundamental de alimentos, materias primas, ingresos rurales y divisas.

Por eso, cuando el conflicto obliga a los agricultores a abandonar sus tierras, destruye infraestructura, interrumpe las rutas comerciales o provoca el saqueo de insumos y cosechas, el problema no termina en el campo.

La producción disminuye.

Después faltan alimentos.

Los precios aumentan.

Las familias pierden ingresos.

Y el país necesita recurrir todavía más a las importaciones y a la ayuda internacional.

Ese círculo puede profundizar la dependencia económica y alimentar la inseguridad alimentaria.


La guerra también ha reducido los ingresos del Estado

El Banco Mundial estima que los ingresos gubernamentales de Sudán pasaron de representar alrededor del 10 % del PIB en 2022 a menos del 5 % durante 2024-2025.

Esto tiene consecuencias directas.

Con menos ingresos fiscales, el Estado dispone de menos recursos para financiar:

  • hospitales;
  • escuelas;
  • carreteras;
  • servicios públicos;
  • seguridad;
  • programas sociales;
  • reconstrucción.

Al mismo tiempo, la guerra aumenta las necesidades de gasto.

El resultado es una combinación particularmente complicada: menos ingresos y mayores necesidades.


Una economía de guerra que se retroalimenta

En julio de 2026, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos advirtió sobre la existencia de una «economía de guerra» que contribuye a mantener el conflicto.

Según Naciones Unidas, los actores armados han recurrido al control de territorios, rutas comerciales y materias primas para obtener ingresos destinados a sostener sus operaciones militares.

Esto genera un círculo difícil de romper:

control territorial → acceso a recursos → ingresos → compra de suministros → capacidad militar → más control territorial.

En ese escenario, determinados recursos naturales y actividades comerciales dejan de funcionar principalmente como motores de desarrollo y pasan a convertirse en fuentes de financiación de la guerra.

Naciones Unidas ha advertido que las cadenas internacionales vinculadas a productos sudaneses, como la goma arábiga, también enfrentan riesgos relacionados con esta economía de guerra.


¿Qué pasa cuando un país depende cada vez más de productos importados?

La guerra ha afectado la capacidad productiva de Sudán, por lo que las importaciones pueden convertirse en una necesidad para conseguir alimentos, medicamentos, combustible, maquinaria y otros bienes esenciales.

Pero existe una diferencia importante:

importar no es automáticamente malo.

Las importaciones pueden ser necesarias para adquirir tecnología, maquinaria, materias primas o productos que un país no puede producir eficientemente por sí mismo.

El problema aparece cuando una economía pierde progresivamente su capacidad de producir bienes fundamentales y tiene que depender del exterior para satisfacer necesidades básicas.

En ese escenario pueden aparecer varios riesgos:

Menor producción nacional

Si los productores locales no pueden competir o directamente dejan de producir, se pierde capacidad industrial y agrícola.

Menos empleo

Una empresa nacional que deja de vender reduce su producción y puede contratar menos trabajadores.

Mayor salida de divisas

Las importaciones requieren pagos al exterior. Cuando las compras externas aumentan mucho más rápido que las exportaciones, la economía puede enfrentar presiones sobre su balanza comercial y sobre la disponibilidad de divisas.

Mayor vulnerabilidad ante crisis internacionales

Una economía excesivamente dependiente del exterior puede sufrir cuando aparecen guerras, bloqueos, problemas logísticos, aumentos de precios internacionales o interrupciones de las cadenas de suministro.

En Sudán, estos problemas se combinan con la destrucción provocada directamente por la guerra, haciendo mucho más difícil recuperar la producción nacional.


¿Y qué tiene que ver esto con comprar productos colombianos?

Aunque la noticia se refiere a Sudán, existe un punto económico diferente que puede ser útil para Colombia: el debate sobre comprar productos nacionales frente a importar productos que también se fabrican en el país.

En Colombia, favorecer la compra de productos fabricados nacionalmente puede contribuir a mantener la demanda de empresas locales, productores, agricultores y trabajadores.

El Ministerio de Comercio ha señalado precisamente que fortalecer la producción nacional y los encadenamientos productivos busca contribuir a la generación y sostenibilidad del empleo.

La industria colombiana tiene un peso significativo. Según la Encuesta Anual Manufacturera del DANE, los 6.583 establecimientos industriales incluidos en la información de 2024 ocuparon a 730.844 personas y registraron una producción bruta de 443,9 billones de pesos.

Por eso, cuando un consumidor compra un producto fabricado en Colombia, el dinero puede circular dentro de cadenas nacionales: fabricante, proveedor de materias primas, transportador, comerciante y trabajador.

Sin embargo, esto no significa que todas las importaciones sean perjudiciales.

Colombia necesita importar determinados bienes, materias primas, maquinaria y equipos que no produce suficientemente o que son necesarios para que otras industrias puedan producir.

El propio Ministerio de Comercio contempla mecanismos para facilitar importaciones de materias primas y bienes de capital cuando no existe producción nacional suficiente.

Por eso, el objetivo económico no consiste simplemente en «dejar de importar», sino en fortalecer aquellos sectores nacionales que tienen capacidad para producir competitivamente, al tiempo que se mantienen abiertas las importaciones necesarias para la actividad productiva.


El caso colombiano también muestra la importancia de la balanza comercial

Los datos del Banco de la República muestran que Colombia registró en 2025 un déficit de cuenta corriente de 10.883 millones de dólares, equivalente al 2,4 % del PIB.

Dentro de ese resultado, el déficit comercial de bienes aumentó porque las importaciones crecieron 10,1 %, mientras que las exportaciones aumentaron 0,8 %.

Esto no permite concluir que las importaciones sean malas por sí mismas. Una parte de ellas puede corresponder a maquinaria, insumos o bienes utilizados para producir otros bienes.

Pero sí demuestra por qué la capacidad de producir y exportar resulta importante para la economía: un país necesita generar suficientes ingresos externos para financiar sus necesidades de importación de manera sostenible.


El costo humano está por encima de las cifras económicas

La destrucción económica de Sudán no puede separarse del impacto sobre la población.

En abril de 2026, Naciones Unidas informó que casi 34 millones de personas necesitaban asistencia humanitaria y que millones habían sido desplazadas. También alertó sobre ataques contra infraestructura civil, hospitales y otros servicios esenciales.

La crisis alimentaria constituye otro de los grandes problemas.

La destrucción de cultivos, las dificultades para transportar alimentos y el desplazamiento de agricultores han afectado la capacidad del país para garantizar el abastecimiento.

A esto se suma el deterioro del sistema sanitario. Naciones Unidas informó que alrededor de 21 millones de personas necesitaban asistencia sanitaria en 2026 y que más de cuatro millones sufrían desnutrición aguda.


El peligro de que la guerra trascienda las fronteras

La participación de actores externos tiene además una dimensión regional.

Sudán ocupa una posición estratégica en África nororiental, con conexiones con el mar Rojo, el valle del Nilo y varios países vecinos.

Naciones Unidas ha advertido que lo que comenzó como una lucha interna terminó teniendo efectos regionales y que las dinámicas geopolíticas y la competencia por influencia están contribuyendo a alimentar el conflicto.

El traslado de combatientes, armas y combustible a través de países vecinos aumenta ese riesgo.

También puede provocar nuevos movimientos de refugiados, tráfico ilegal de armas, presión sobre las economías de los países fronterizos y expansión de redes armadas.


¿Puede recuperarse la economía sudanesa?

El Banco Mundial señala que existen algunas señales de recuperación después de las fuertes contracciones de 2023 y 2024. Para 2025 estimó un crecimiento de alrededor de 3,1 %, aunque partiendo de una base económica profundamente deteriorada.

Pero una recuperación sostenible dependerá principalmente de que se reduzca la violencia.

Entre las prioridades económicas señaladas por el Banco Mundial están la estabilización macroeconómica, la reconstrucción de infraestructura, la recuperación de la agricultura y el apoyo a pequeños agricultores y cadenas productivas.

En otras palabras, reconstruir Sudán no consistirá únicamente en reparar edificios.

Será necesario reconstruir la capacidad de producir alimentos, generar empleo, recaudar impuestos, comerciar, exportar y ofrecer servicios públicos.


Una guerra sostenida por redes internacionales

Los informes y documentos de Naciones Unidas muestran que el conflicto de Sudán tiene una dimensión que va mucho más allá de los enfrentamientos dentro del territorio.

Las armas, el combustible, los vehículos, los recursos financieros y los combatientes extranjeros forman parte de redes internacionales que han permitido a los grupos armados mantener sus capacidades.

Al mismo tiempo, el país ha sufrido una profunda destrucción económica: el PIB se contrajo fuertemente durante los primeros años de la guerra, los ingresos estatales se redujeron y sectores fundamentales como la agricultura, el comercio y los servicios fueron gravemente afectados.

La consecuencia final es un círculo en el que la guerra destruye la producción, la destrucción aumenta la dependencia externa y las redes económicas y militares externas contribuyen a que el conflicto pueda continuar.

Por eso, los esfuerzos para resolver la crisis no pasan únicamente por negociar un alto el fuego. También será necesario cortar las redes de financiación y suministro militar, proteger las cadenas comerciales legítimas, recuperar la producción nacional y reconstruir las instituciones económicas.

Y en el caso de Colombia, la lección económica es distinta pero relacionada: las importaciones pueden ser necesarias y beneficiosas cuando complementan la producción nacional, pero fortalecer empresas, agricultores e industrias colombianas permite conservar empleo, capacidad productiva y cadenas de valor dentro del país. La clave está en encontrar un equilibrio entre comercio internacional y fortalecimiento de la producción nacional, no en asumir que importar es siempre perjudicial.


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